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LA MÁSCARA DE MI VIDA. Cuento de Sael Ibáñez


Rodolft Corbaia sintió ligada su vida, desde temprana edad, a un propósito absorben te: la literatura. En verdad él también pudo haber dicho que nació con destino literario, pero una empecinada modestia que lo acompañaría mientras viviera lo desvió siempre del hecho de aplicarse a sí mismo loables generalizaciones procreadas por altas mentes literarias o de una casuística que dibujara un destino capaz de ampliar, de manera vertiginosa y luminosa, su exacta condición de hombre sencillo, su convicción de saberse un hombre sencillo.


Por noble impotencia ante la poesía o por ser su única capacidad creadora eligió el campo más explícito de la narrativa. La poesía distinguía un orden animado por la concreción y la exactitud al que el escritor, después de intentar aproximarse a él y terminar desengañado, ya no aspiraba consumar como medio de expresión. Esta contrariedad ante la poesía se manifestaba solo por la incapacidad de escribir buenos poemas, pues en todo lo demás su amor por ella carecía de límites. En todo caso, su prosa nunca estaría ayuna de hálito poético. La escritura de cuentos y novelas alcanzó un notable desarrollo con él. Llegó a ser un escritor abundante. Una vez que eligió el campo de la narrativa, una oscura preocupación trabajó a Rodolfo Corbaia: la inconformidad frente a su obra. Él pudo en tender que no se trataba de una suerte de impotencia ante el acto de escribir que lo invadiera y lo inutilizara, sino del angustiante propósito de identificar una forma para su literatura. Aspiraba identificar un sello original que justificara su escritura: era hijo de su siglo, cuando imperaba esa aspiración como algo fundamental. Tal legítima preocupación vino a velarla el comentario que hiciera un crítico en determinado momento, al escribir en un artículo periodístico «Rodolfo Corbaia es ante todo un sólido narrador». Ese sólido no le decía mucho, no satisfacía un definitivo deseo, en su interior, de ser amado por el dios Thoth. En todo caso, él propendió a pensar que si la búsqueda de una forma literaria personal que lo identificara y sus sentimientos estaban en desacuerdo, él optaría por seguir el dictado de sus sentimientos; esto debido a que llegó a imaginar que un sentimiento auténtico bien expresado es superior a lo impuesto por modas estilísticas. Aunque esta especie de proclamación nacida en lo más íntimo de su espíritu sería, como todo lo que aconteciera a su vida, la sombra de una convicción más que una convicción.
Enumerar el catálogo de su obra muestra a un hombre de escritura infatigable y descubre un ordenamiento teórico capaz de nivelar su pensamiento por épocas. Porque si bien en los temas elegidos para forjar su literatura siempre estuvo presente lo ficticio, no dejó de aprovechar materias históricas, sociológicas, antropológicas, sicológicas o la ficción pura. De igual modo exploró temas fantásticos y policiales. Como abundante fue su obra, también larga fue su existencia; la vida del escritor declinó a la exhausta edad de ochenta años. Aun cuando se comenta que su obra, a esa edad, era ya definitivamente impersonal; estaba absolutamente enmascarada.
El amor que sintió por la literatura fue omnímodo: tanto empeño lo decidió a rehuir el arte oficial en una primera época de manera sutil pero eficaz; esto le permitió realizar un trabajo equilibrado, literario, al tiempo que la crítica no lo descuidaba. Cuando cumplió treinta y cinco años era ya conocido y tomado en cuenta; lo satisfizo tal distinción. Algunos premios obtenidos en el momento preciso apoyaron a los críticos para justificar esa distinción. Fue por esa época cuando apareció un trabajo ensayístico sobre su obra; el libro oficiaba el nebuloso título La sombra y el sueño en Rodolfo Corbaia. La aparición de ese trabajo no obedecía a una casualidad; resumió la temprana atención crítica de otro hombre, Víctor Constante, por la labor literaria del escritor. En adelante, este hombre intensificaría su interés por él. Así como escribir ese libro llevó a Víctor Constante hasta las fuentes de una niñez tardía, preocupada en leer novelas de aventuras, del mismo modo perseguiría más tarde la evolución de su pensamiento durante una madurez adusta, pródiga en escritura. Como Constante ya no lo abandonaría más, Rodolfo Corbaia amplió el mundo de su soledad hacia él y tuvo, entonces de compañero a alguien que no solo llegó a entender y manipular con facilidad su obra sino también su vida. Sin duda, en algún momento debió de unirlos la amistad  y la confianza de un trabajo en común. De este modo, con el tiempo la crítica formulada por el perseguidor llegaría a gozar de mayor interés, para los lectores de Rodolfo Corbaia, que cualquier otra.
Al escritor, guiado en todo momento por su pertinaz modestia, no lo perturbó el acercamiento de Constante. Aún más cuando resultó inobjetable reconocer que el crítico contribuyó a que el número de sus lectores creciera. Así, poco tiempo después de aparecer el libro de Constante y cuyo propósito era ordenar la trayectoria del escritor hasta ese momento, además de procurarle un mayor renombre, este fue distinguido con el Premio Municipal de Literatura: quizá de ello derivó la confianza que lo animó a salir definitivamente de su apartamiento voluntario. Su nombre avanzó entonces hasta el arte oficial pero sin estruendo; en esa avanzada, es indudable admitirlo, jugó papel táctico Víctor Constante, el hombre que logró rodear de un mayor interés al escritor y sus libros. En su trabajo crítico, él definió la obra de Rodolfo Corbaia representativa del momento actual que viviera el país. Ya que según la interpretación de Constante, el país resumía su estructura en una suerte de sombra y sueño, estructura vista tan a tiempo por el escritor.
Sin ánimo de poner en duda el valor intelectual del crítico, Rodolfo Corbaia no pudo evitar pensar para sus adentros, mientras leía el libro de Constante, hasta qué punto él compartía su enfoque analítico, toda esa vislumbre de sombra y sueño, esa bruma teórica con que él arropaba su obra. Ciertas observaciones hechas por el crítico visiblemente desviaban los propósitos perseguidos por el escritor. En un principio él propendió a la confusión; no podía ignorar que Constante, en algunas ocasiones, velaba su vida sencilla, equilibrada, literal, y la mostraba como animada por una naturaleza apasionada, insurgente, literaria. Había un empeño, en él, de vincular ostensiblemente su vida a las elaboraciones ficticias del escritor. Y él, Rodolfo Corbaia, bien que estaba dispuesto a renunciar a ser identificado con la actuación de sus personajes.
Aun cuando él aspiraba exponer en ¡os libros que escribía el verdadero rostro de la literatura, donde si bien no estarían ausentes asomos de su existencia, tampoco deseaba abrumar sus ficciones con ellos. Sin dejar de estar vigilante, confió en las interpretaciones hechas por el hombre que era ya su amigo. Las aceptó como válidas connotaciones que, de alguna manera, escapaban a su singular preocupación de escritor. Pensó, una vez más con humildad, que todo lector lleva dentro a un creador. Esto lo animó a concebir una sospecha tardía: era posible que Víctor Constante llegara a entrever ese equilibrio formal tan aspirado por él en su escritura y que nunca había llegado a concretar en su ánimo artístico. El vértigo lo aisló en ese pensamiento; fue una lastimadura para el escritor llegar a tan rendida conclusión. Pero se vio en la necesidad de aceptarla o rebelarse. Su conducta evidenció, entonces, un desdoblamiento necesario. Apoyado en aquella sospecha, parte de su vida y de su obra empezó a estar definida por el otro, el crítico. Este no dejaría de hilvanar sus propósitos a través de la literatura del paciente creador.
En horas de pesadumbre, Rodolfo Corbaia se preguntaba si había hecho lo correcto. Un día de clara angustia, sin embargo, casi se gritó a sí mismo ganado por la inseguridad: ¿por qué no hacerle caso, por qué no entregarse a la visión de otro que vislumbra lo que uno mismo no es capaz de ver en el propio ser?. Una sensación amarga cruzó por su garganta al reflexionar en que había utilizado, para forjar esa idea que podía ser válida en todo caso, una palabra abiertamente desagradable: entregarse. Era como si se preguntara que hasta cuándo iba a ser paciente, hasta dónde lo conduciría su estilo de vida. Tuvo coraje para imaginarse un creador: saboreó esta palabra, la paladeó a gusto y reconoció despertar en su espíritu antiguas asociaciones, encumbradas creencias, la idea de que él era muchos, no el alguien que era. Pero le faltó convicción para oponer esa contundente palabra, creador, a la sombra de la otra, la espuria entregarse y lograr que la aplastara con su proverbial carga de significación, pues la sensación de amargura acompañada de otra de frialdad, que recorría su columna vertebral, así se lo dio a entender. Debió admitir que se sentía confundido una vez más en este instante. Se atrevió a pensar que no hay nada tan débil y fuerte como un escritor; era un consuelo o una magia. En todo caso esta última sensación pobló su espíritu necesitado de algo regio que lo poblara.
Los libros de Rodolfo Corbaia, ahora, se acostumbraron a mostrar un prólogo extenso; prólogo que dilucidaba al lector el sentido y la estructura de ellos y que firmaba el crítico. Además Constante abundó en conferencias sobre la trayectoria del autor a quien él dedicaba toda su atención y estudio. Y por una suerte de ironía llegó el momento en que ya no se distinguía a quién prestaba el público mayor atención, al escritor o al crítico de su obra, pues cada conferencia o prólogo, cada trabajo publicado en periódicos o revistas, transmisiones radiales o televisivas, significaban algo así como una celebración del crítico tanto como del escritor analizado; aun cuando un observador de espíritu despierto, también hubiera reconocido una especie de descuido por el creador frente a la magia expositiva del otro. Víctor Constante debió de pescar esta sutil y caprichosa reacción ante íes oyentes directos de si opiniones sobre el autor. Y eso pudo satisfacerlo y confirmarlo en algún propósito maquinado. Pues a medida que el público reafirmaba ese oscuro propósito suyo, Constante propendió a una mayor vigilancia del escritor. Sabía que lo que estaba haciendo era costumbre hacerlo por muchos otros críticos pero ante escritores muertos: instaurarse como los voceros más apropiados y casi absolutos en la interpretación de las obras de esos autores. Solo él, al fin, lo realizaba ante un prestigioso escritor vivo; él, Víctor Constante.
Así transcurría la noble vida de Rodolfo Corbaia. No es casual que a los cincuenta años obtuviera el Premio Nacional de Literatura. La vigilancia y fuerza crítica que lo anulaba, al mismo tiempo lo ayudaba a adquirir méritos. Quizás debido a esa costumbre ya asumida por sus lectores, la de ver nublado su punto de vista frente al crítico o debido a otra extrañeza culpable, las circunstancias que rodearon la entrega del Premio Mayor a Rodolfo Corbaia confirmaron su dependencia del hombre que tendía a anularlo y encumbrarlo al mismo tiempo.
La tarde cuando Rodolfo Corbaia se dispusiera a recibir el Premio Nacional, mientras silbara una melodía añosa, serena y cálida, un hecho casual trajo la preocupación a s corazón. Tan siquiera una idea vinculada a casualidades reveladoras podría explicar esa momentánea angustia que aprisionó la mente del escritor. No fue otra la razón de que ese día, al cruzar la sala de su apartamento donde se encontraba un espejo de dimensiones medianas, al tratar de buscar en él una última verificación a su arreglo personal, se sintió suspendido y como con miedo de observa a cabalidad el reflejo indeciso de su rostro en el espejo. Impactado por aquel suceso, el escritor no pudo evitar darle explicación racional a esta enemiga sensación: en él se impuso la idea de que evitó verse en el espejo por temor reconocer la imagen de otro, no la propia. Fue inevitable que el escritor se descubriera especulando. Algo dentro d él sonrió, al pensar que para especular no hace falta más que un espejo. La prueba está a mano, se dijo, mientras su cara desglosaba una sonrisa lastimosa y tímida. Aun cuan do ese inseguro humor se distendió sobre la geografía de su espíritu, evitó mirarse en el espejo de nuevo.
Hemos dicho que obtuvo el Premio Nacional a la edad de cincuenta años. Lo mereció con una novela que tituló La máscara de mi vida.
A la entrega del premio fueron invitados varios críticos para hablar de la obra del escritor. Estaría Constante, obviamente, como máximo expositor. Él se encargaría d corroborar el justo equilibrio que existía entre la vida del autor y sus libros, tema elegido por él a la hora de exhaltar al autor premiado.
Además de Rodolfo Corbaia y los apologistas de su obra, sentados frente a una amplia mesa, había en la sala, donde se entregaba el premio, una concurrencia numerosa, de hombres y mujeres, todos ellos ligados a movimientos artísticos y literarios; creadores y críticos, y diferentes personas vinculadas al mundo cultural. El acto prosperó en justificaciones lógicas, motivadas por el carácter supremo del premio, hasta que la concurrencia tuvo la oportunidad de oír a la persona más indicada para hablar del creador. Entonces el crítico aplicó al autor de La máscara de mi vida lo significativo del galardón recibido y sus palabras vaporosas exaltaron el mérito alcanzado por Rodolfo Corbaia después de largos años dedicados al trabajo literario. Luego analizó, profundamente, el carácter singular, equidistante entre obra y vida del escritor; fue en este momento cuando sus palabras desviaron toda oposición y alcanzaron distender una apología sin límites. La concurrencia asimiló su entusiasmo y reconoció el valor de aquel hombre abnegado, que exponía de manera tan viva y certera la preocupación literaria de otro hombre, quien en ese momento padecía aturdido por tantas referencias desprendidas de su obra, referencias que él nunca tuvo el propósito de corporeizar en su universo literario. Sin embargo, el crítico las había visto y expuesto con nitidez clásica. Rodolfo Corbaia, abrumado, intentó, durante unos breves instantes cuando Víctor Constante hiciera una pausa para renovar su ánimo discursivo, asomar una observación con el propósito de aclarar ciertos puntos relativos a su obra, sobre todo a su novela galardonada La máscara de mi vida. No pretendía, claro está, desmentir la interpretación impulsiva y celebratoria del crítico pero sí suavizarla. El resultado fue una fría indiferencia por parte de la concurrencia y una mirada condenatoria por parte del crítico. Después de esa interrupción infeliz, asaz desgraciada para el escritor, Constante prosiguió, animado por la confianza con que el público lo apoyó: indudablemente este se había acostumbrado más a él que al creador. Ahora solo importaba lo que el crítico pudiera decir de Rodolfo Corbaia; su voz, reflejada en sus libros, hacía ya tiempo había perdido identidad.
Como es lógico imaginar, el acto finalizó con una ovación brindada tanto al crítico como al hombre que le había servido para lograr notoriedad frente a sus lectores.
Aun cuando nadie lo afirma con certeza, algunas personas supusieron oír el siguiente diálogo entre el escritor y el crítico, una vez que los dos abandonaran juntos el salón donde había sido entregado el Premio Nacional de Literatura de ese año.
—Todo hombre está hecho de límites; quizás usted, señor Constante, esté hecho de límites menos limitantes que los míos —dejó caer el escritor. Rodolfo Corbaia en tendió a cabalidad lo que Constante dijera a su vez:
—Cada hombre alimenta a un perseguidor dentro de sí. Hay quienes tienden a rechazarlo. Usted, señor Corbaia, podría contarse entre los que no aspiran materializar ese repudio.
—Por mi modestia.
—O por la insistencia del perseguidor.
—Su apellido es Constante.
—No sea literal, por favor —asomó el crítico con cautela maliciosa, según delataba una excesiva brillantez en su mirada.
— ¿Me odia usted?
—Odiar es un sentimiento muy majestuoso, si a ver vamos.
—Ya lo sé, me desprecia.

(Tomado del libro: “Así en la vida como en los libros”. Bid&Co Editor, 2012.)

Sael Ibáñez se graduó en la Universidad Central de Venezuela; hizo postgrado en Ciencias de la Información (Universidad Simón Bolívar), y realizó estudios en España e Inglaterra; ha sido director de la Biblioteca Nacional de Venezuela, Monte Ávila Editores y de la Revista Nacional de Cultura. Hace ya varios años encabeza la peña literaria Sinenomine; en 1996 obtuvo el Premio Municipal de Literatura. De acuerdo a su propio testimonio, todos etos méritos y ocupaciones siempre han sido secundarios frente a su preocupación fundamental: el oficio de escritor. Ibáñez ha publicado narrativa (novela y cuentos), poesía y ensayo.


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