Un relato de Jonathan Bolívar.

El frasco amarillo


Un relato de Jonathan Bolívar.




Existen sin duda muchas gentes honradas que muy bien
pudieran ser digna ocupación del Diablo.
Julio Garmendia

Por Jonathan Bolívar

Primero había marchado su padre, luego su madre, ahora él iba abrazando sus piernas en un camión henchido de personas a mitad de la noche. Los demás pasajeros no prestaban demasiada atención al harapiento perfil del muchacho, aquel niño pequeño y regordete llamado Eduardo, de grandes ojos negros y piel blanca tostada por el sol. Se entretenía pensando que las difusas irises que brillaban en las esquinas no eran personas, ni mamás, ni papás, ni hermanos o hermanas, sino monstruos noctívagos esperando sus siestas para devorarlo. 
Ayudaba a no dormir. 
Entre decenas de miradas en el interior del camión, la que residía a su faz, oculta, resultaba más aterradora: camuflada, apenas el sonido de una gangosa respiración demostraba la estancia de algo allí. 

–¿Será que está dormido… o… ciego?– bisbiseó Eduardo. 

La luz del conteiner encendió, breves segundos más que suficientes para admirar al hombre: una manta verde lo cubría, el cabello fue arrasado por canas, los ojos eran tan azabaches y pesados como los de su padre las tardes que leía facturas en la mesa de la cocina. 
También oteaba a Eduardo. 
Horteras dudas rigieron la mente del niño mientras sus ojos aún luchaban contra la iridiscencia; la luz apagó nuevamente, el camión atravesó baches reductores de velocidad, la afónica aura trajo consigo palabras en la cabina con el oficial migratorio de la alcabala. Una serie de golpeteos resonaron en el conteiner, los músculos se tensaron y todos los ojos, antes dirigidos a la nada, avizoraron impertérritos las puertas. Hubo un estruendo, gritos del conductor, las estridencias de una sierra que segaba el seguro, las chispas penetrando el conteiner y entonces, las linternas que ofuscaron a los presentes desde afuera. 
Una estampida humana salió tan frenética que los guardias fueron arrollados; sin saber si corrió, empujaron o lanzaron, Eduardo cayó en el frío asfalto y se partió la crisma. 
La batahola impedía que la contusión arreciara, los gritos en dos idiomas distintos ordenaban dos cosas distintas, pero las piernas de Eduardo aprovecharon la pequeñez del niño y mediante agilidad indigna de su regordeta figura, lograron vadear tres, cuatro, cinco guardias hasta adentrase a la carretera y finalmente, al monte. Volteó una vez: las pistolas eléctricas asemejaban rayos en la punta de las manos, los bastones antidisturbios silbaban en el aire, sabuesos volaban sin correa, disparos acribillaban a quienes ganaron camino. 
La cargada ropa del infante no impedía que las espinas punzaran su piel, que desgarraran la carne. Tras instantes contados cual minutos u horas coreadas por ladridos una valla impidió continuar. Eduardo intentó escalar empero, notando el alambre de púas en la cima, un jalón lo devolvió al suelo. Sus brazos pretendieron encumbrarse a la nuca, dar a entender su desarme; pero retornaron al frente para impedir que las fauces del can devoraran su rostro. Los alaridos y llantos del niño hacia una horrible muerte perdían significado en las vísceras del yermo, absorbidas por ímpetu animal. Una detonación calló a la bestia, la mitad de su cráneo desapareció, un leve gemido y el semblante de Eduardo se atestó con sangre, astillas y sesos. 
El niño reculó a la valla, ahí imploró hasta que el sujeto de la manta calmó sus estridencias. La manga de su chaqueta enjugó los fluidos en la cara de Eduardo, amalgama entre ajenos y propio. En la mano derecha del hombre había un revólver, lo desechó para obtener una tenaza escondida en su cinturón. 

—¿Puedes caminar? —preguntó. 

Eduardo, ceñido en paroxismo, dijo: 

—¡Recoja el arma, volverán! 
—Sólo tenía una bala, ahora es inútil. Vámonos. 

Caminaron durante kilómetros, ya la vegetación era corta y no malograba demasiado. Ninguno prorrumpió palabra, el hombre mantenía la vista perenne al mapa estelar y el niño al collar del hombre: amarrado a él existía un frasco de pocos mililitros, amarillo, casi refulgente. Contemplando el envase, Eduardo descubrió que se alejaban de la civilización hacia ningún lugar, que posiblemente estaban perdidos. 

—¿Adónde vamos? —inquirió. 
—Al mar —respondió el hombre. 

Empezaron a ascender terreno escabroso. Eduardo resbaló en varias ocasiones, el hombre, en trance inusitado, no ayudaba pues ni siquiera recordaba la presencia del niño. Entablado un suelo relativamente derecho, la luna permitió entrever el manso mar diferenciable grosso modo del cielo, la pronunciación de un altísimo acantilado. El hombre escudriñó susodicho panorama, el niño aguardó taciturno. 

—¿Por qué vinimos aquí? —preguntó Eduardo. 
—Es el mar, un mar extranjero —contestó el hombre. 
—¿Y qué con eso? ¿Adónde iremos? 
—Adónde irás tú… Mi viaje termina aquí. 
—¡No, claro que no! —terció Eduardo—. Me perdí por tu culpa. ¡Llévame a…! 
—¿Ves esas estrellas? —interrumpió el hombre—. Sigue la punta y volverás con los oficiales. 

Eduardo enmudeció, en realidad no quedaban intenciones de luchar ni discutir, la cruda voz del hombre le recordó que tampoco quedaban sitios para regresar. 

—¿Qué es eso, el frasco amarillo? —curioseó Eduardo. 
—Nada. 
—Te cuento un secreto, si me cuentas qué es el frasco 
—¿Crees que vale tanto? 
—Bueno… —Eduardo rebuscó en su bolsillo, sacó un sobre—. ¿Puedes leer? 

El hombre vislumbraba el escudo y la bandera de su nación, más de eso no veía; Eduardo recitó las palabras de memoria. 

—Es una carta del Ministerio de Relaciones Exteriores —ilustraba—. La recibí al mes que mi mamá viniera aquí con papá. Ellos murieron en la frontera, él recogiéndola y ella cruzándola, atacados por perros. Mandan un cheque cada quince días por compensación. Estuve reuniendo para pagar uno de esos famosos camiones, no salió muy bien… 

El hombre atisbó a Eduardo, su talante no expresaba ecuanimidad o desasosiego. 

—¿Y por qué? —inquirió el hombre—. ¿Qué ganabas haciéndolo? ¿Cómo se hubieran sentido tus padres si te mataba ese perro? 
—No lo sé… aunque mi papá, mi papá dijo antes de irse que el tiempo pasa rápido, que regresaría, que lo haría porque uno, no importa qué, debe morir en el mismo suelo de sus padres. Mis padres murieron aquí, así que… je… ¿Soy un cobarde? ¿Un estúpido? Fantaseé… fantaseaba, ¿sabes? En el camión. Fantaseaba con que ellos me esperaban al otro lado de la frontera… 
El hombre marchó a la cornisa del acantilado, admiró el frasco amarillo. No hablaba a Eduardo, su monólogo no lo necesitaba. 
—A mi hija le diagnosticaron leucemia hace tres años. Tendría tu edad, quizás menos o más. Los tratamientos eran costosos, las clínicas eran costosas… Empecé vendiendo mi anillo de graduación, las joyas de mi esposa, los adornos, los electrodomésticos, el auto, la casa… Ella, mi princesa, ella jamás perdió su sonrisa, su candidez, su calidez… Y un día, simplemente cerró sus ojos, y ya nunca los abrió. Mi esposa murió de mengua a las semanas… Después, las campañas para elegir presidente… Ése, ese hombre, él y su partido, los que acabaron, los que destruyeron la riqueza de mi país, de mi hermoso país, quienes mataron a mi hija… durante minutos los tuve a metros de mí, los veía, los escuchaba… con esa arma, ese revólver de un tiro, pensé que podría vengarme, vengar su sonrisa, su candidez, su calidez… y cuando se asomaba de mi cinturón Él frenó mi mano, sonrió, el bullicio y la muchedumbre no acallaron su voz cuando susurró: «Si deseas vengarla de verdad, de todos y cada uno, usa esto. Vierte en él tu sangre y algún remanente de tu hija, desparrámalo en un mar extranjero. Y caerán». Confié en sus palabras, añadí mi sangre y un dibujo de mi hija… heme aquí… 

Casi sin resistencia el tapón del frasco giró, el brillante líquido se mezcló con el mar. 
Segundos de aplomo trascurrieron, niño y hombre reparaban abajo. Entonces, una luz surgió del mar. Luego tres, cuatro, luminotecnia que provocaba el rugir de las olas y el bufar del viento, apabullante aura que obligó a Eduardo a retroceder. Desde las profundidades un domo de agua fue alzándose, su contextura asemejaba al líquido del frasco, manchas amarillentas. El domo cobró forma humanoide, delgada y lánguida, sin rostro. Gracias a la lejanía, Eduardo no era víctima de la fragancia asaltando al hombre, fusión entre claveles y habitación clínica, el aroma de su hija. 

—¡Hija, hija mía! —clamaba el hombre a la criatura y el aire—. ¡Oh, mi hermosa niña!... ¡Mi bebé, mi princesa!... ¿Me recuerdas? ¡Yo soy tu pad…! 

Del pecho de la criatura brotó un brazo que céleremente aplastó al hombre y arrancó un trozo del acantilado, que engulló las sobras de vuelta. El ser se movía arrastrando el oleaje, sólo avanzando, siguiendo el acantilado durante cientos de metros hasta la orilla de una playa visible desde la posición de Eduardo. El niño, pasmado y trémulo, apreció a la criatura hundir sus brazos en el lecho de la playa, separar con escollo sus extremidades.
Póstumamente, consiguió su cometido: la tierra disgregó mediante un terremoto, la grieta creció extendiéndose hacia la alcabala y más allá, largo alarido del planeta. 
Abrazando rocas mientras la criatura retornaba a las profundidades, Eduardo estudiaba una única explicación a la hecatombe bíblica desatándose directo a su país y mucho, mucho más allá: 
San Andrés había fallado.




Jonathan Bolívar
Estudiante de Electromedicina en la UNEFM y Electrónica en la Universidad Politécnica de Falcón Alonso Gamero.

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