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El árbol que parte el firmamento: César Seco, cartógrafo del espíritu



Por Miguel Antonio Guevara

Absurdo todo pensamiento, toda memoria
prematura
y particularmente dudosa
cualquier lamentación en nuestro caso;
es por deformación profesional que me permito
este falso aullido.
Enique Lihn.

Cuenta Josefina de Diego que luego de haber muerto su padre, el poeta Eliseo, procedió a ordenar su papelería clasificándola por temas. Poemas inéditos, hojas manuscritas, críticas a libros, entrevistas, fotos y cuanto papel que sirviera como evidencia del rastro que dejó por el mundo, rayones concentrados en el oficio de reflexión que había realizado en su tierra y otros países de nuestro continente, durante más de treinta años de experiencia vital-escritural.
Encontré esta evidencia en una edición titulada En las extrañas islas de la noche, entrevistas al maestro cubano Eliseo Diego. Fue inevitable –por el asunto de clasificar entrevistas y comentarios- viajar en mi propia línea temporal, poco más de cinco años, creo, en donde comencé a relacionarme con la obra del poeta venezolano César Seco (Coro, Falcón, 1959); me dispuse a “desempolvar” una cantidad significativa de archivos digitales, conversaciones, notas sueltas que había realizado sobre algunos de sus libros.
Siempre ha estado presente la casualidad (¿causalidad?) cuando de su obra se trata, recordé un azar o sincronía que me alcanzó, pues llegué a toparme en una biblioteca de los andes trujillanos -antónimo de su geografía solar- con su primera publicación: El laurel y la piedra que recoge textos realizados entre los años de 1987 - 1991,  uní  este con Lámpara y Silencio, Antología Poética (Monteávila Editores, 2007) para construir alguna especulación, pero no menos válido acercamiento en torno a su contribución a la tradición poética venezolana. Si hay un punto de partida para reunir las experiencias de su lectura y reflexión, nacen precisamente en el compartir de una amistad que nació gracias a la literatura; “Por el comienzo de una amistad que la poesía ha de prolongar hasta abrir cielos infinitos de diálogo”, me escribiría como dedicatoria en uno de sus libros.
¿Cómo te has de perder lo extraordinario? Pude leer con cierta dificultad, escrito a garabatos con mi propia letra, imitando un pie de página. Más que español parecen grafías de alguna lengua muerta, y parecen, porque todavía, revisando las páginas de una edición de El Viaje de los Argonautas que ocupa mi biblioteca, podemos leer la interrogante escrita en tinta azul. Podría estar mintiendo al describir el color de la tinta, es de todos sabido que más de un escritor prefiere lo negro al cielo, o tal vez la reminiscencia de la nave argos cruzando el mar nos aventaja y ocupa con su singladura la realidad que nos emplaza. Dicen por ahí que cuanto más miedo tenga uno más fijo hay que mirar. César Seco usa  instrumentos de arcano para mirar de frente y enfrentar el súbito y la perplejidad a través de sus motivos que cobran vida en el corpus de su poesía, que no es uno sola, es más bien la suma de las palabras hechas diálogo continuo, ejercicio permanente, como bien me diría en una entrevista hace algún tiempo: entre las tantas cosas que  es (y no es).

Interroga el poeta en su verdad, enfrenta el poeta sus temores, la incertidumbre hecha palabra que se atasca en la imposibilidad del decir, pero al fin dicha en una caligrafía del aire. Tal vez para otros puede ser su verdad una verdad muerta - como preguntarnos si todos vemos realmente de la misma manera a través de nuestros ojos-, para otros, cante a una luz crepitante en las ramas del Árbol Sorprendido, en donde cuelga el fruto de la condición humana, que sin duda ha sido mordido por todos.
Si hay algún riesgo en estas páginas es el de releer un tránsito vital a través de la obra de un amigo. Si en estas páginas el riesgo se manifiesta, es por lo vital del tránsito en la obra de un imaginante, que en su oficio comprende a la imaginación no disociada de la realidad, sino todo lo contrario, convocando la pulsión del ser en el poema y la vida misma, ritual que sólo puede ser practicado sin pretender alcanzar lo definitivo, y aunque el hombre no soporte la realidad como decía Eliot, asumir la labor de vivirla como sólo el poeta puede hacerlo: padeciendo lo que escribe.
Hay un espejo en que se miran todos los hombres y mujeres día a día. Cristal que evoca y refleja la pulsión de numerosos pero elegidos y destacados objetos y motivos; habla cada uno en sus adentros la razón que les da forma para figurar lo exterior. Están destinados a ver reflejada la vibración de las raíces de un río por donde transita el súbito y el misterio, la locura, la enfermedad y la muerte; raíces centrales, lunaciones recurrentes y vivas en el bosque que ha sembrado el poeta. Es este –el texto que transcribo- ingenuo acercamiento de un discurso de los límites, en una geografía que ha sido habitada y construida por la pericia de un cartógrafo del espíritu. Comentarios de una dimensión que ha tomado forma genuina a través de sobresaltos y ejercicios de equilibrista, que logra hacerse eco como intérprete de un padecer vital, colectivo, obligado por la saturación de los sentidos en la contemporaneidad, violencia que a diario nos somete y nos arroja. Dicen estas líneas de la experiencia en el oficio de encender la luz del piso de arriba, en el difícil cuarto del pensamiento para Barrer la casa del alma. Nos acercarnos a un viajante que se ha escrito y respondido suficientes cartas así mismo, como para tener licencia como constructor de dolorosas realidades, en donde los países tienen por nombre incertidumbre, gracia y misterio; espacios que asegura Gonzalo Ramírez en clara evocación Lezámica: en donde el poeta ha alcanzado su definición mejor.
VI
Quiero decirlo con palabras propias de una plegaria
Señor, ¿debes detestar a los suicidas?
Ellos se dejan en manos de Alejandra-
su desalojo es en los huesos
Señor, tú debes conversar un segundo antes
con los suicidas
Tú debes abrir una solo cuando no hay más puertas
¿Cómo te has de perder lo extraordinario? Leo todavía con dificultad en aquél libro que encontré (o me encontró) en una librería de la capital, y que ahora domina los espacios de mi biblioteca; todos los encuentros guardan en si una especie de azar planificado, guiados por la sincronía ludópata de Dios; orientada perspicacia ciega, le dicen. Afirma Bachelard que todos estos instantes cosifican “una percusión (que) se extiende por una fuerza infinitamente grande que se desarrolla en un tiempo infinitamente breve”, llamemos estos chispazos temporales del alma: gracia y misterio.

En la obra del poeta encontramos gracia y misterio que funda en las interrogantes la espiritualidad como certeza. Vive en su obra la tradición, que debería ser el cultivo de todos los poetas, porque en ella está inscrita la reminiscencia de lo que figura al ser humano desde el interior, “por ahora inscribo mis signos: el árbol, el pan y la nube lenta”, dice. El árbol es un dios que parte el firmamento en el paisaje del poeta. Siembra la escritura del árbol. Para él el idioma del bosque es uno solo. Medita en lo que se eleva; el rayo, el espíritu, la nube. Encontrarse con cualquiera de sus libros es como si tuviésemos la oportunidad de abrir una pequeña puerta al alma del autor, encontrarnos con su jardín inmediato, oscurecer en su caos íntimo. Años llevo en esto/ las pocas frutas. El pan/ la luz sobre la mesa lo va desmigajando/ años llevo en esto/ la silla. El hombre solo/ el viento, dice sobre el oficio y la enfermedad en el canto inicial de Oscuro Ilumina. Allí están los cuadernos de las franquezas, de las incertidumbres escriturales hechas públicas, sigue el motivo del árbol elevándose, inventarios que no sólo nombran y muestran, sino que articulan una suerte de hermenéutica, aplicada a los objetos que le hablan, e interpretan sus propias elevaciones en silenciosa inmovilidad, allí es escucha del silencio, el silencio suena, escribe, para reafirmarlo más tarde en Caligrafía del Aire: el silencio está hablando/ y no puede distraerme. Encontramos en la producción poética del año 2000, Bosquejo,  que considero el libro de las enumeraciones, el libro de los inventarios para identificar la insania, panóptico en donde residen cientos de imágenes y recuerdos alusivos al arte y la literatura, siempre casados a motivos que construyen figuraciones en torno a la locura, en un viaje mágico a través del ojo de una cerradura que tiene grabados nombres de santos, películas y libros.

Ecce Hommo
El ruido de la urbe entra a la aldea
Escuchen, sólo es la voz del caracol
y el babeo silábico de él.
¿lo puedes oír? ¿lo puedes ver?
¿es lejos? ¿es aquí?
¿quién de ustedes lo cubrió en sus ropas?
¿quién por miedo su mano levantó?
¿quién comió el pan, el vino de su piel?
Desprovisto geranio.
¡Cómo llamarte suspensión!
¡Cómo condenarte voluntad!
En su obra toda, hay una lógica de la impresión constantemente alimentada. No dejan de existir maravillas, como todo poeta despierto, alucinado, es ser que alimenta permanentemente su capacidad de asombro. Pasmado ante las fuerzas y los elementos de la naturaleza, sabe que la poesía es aliento de dragón que empaña las estrellas, dibuja una O de asombro con su boca. Saluda a la luna, reitera cantos de adoración a su redondez, desempolvando arquetipos y lunares, -tanto espaciales siderales como espaciales de la piel- de esta fuente inagotable de trovadores y juglares escribe: hay una luna que en el paraíso tiembla; tantas lunas en una sola;  invoca los antepasados más sonoros y brillantes. Bailan permanentemente la espiritualidad, la enfermedad, la locura, los límites, la condición del vivir ¿Cómo no acceder en estas páginas a las dimensiones de una tradición poética viva? Preguntándonos también qué representa una tradición poética viva, y si realmente importa, a fin de cuentas la huidiza realidad de la palabra reside en ese diábolo con que ayudados de una fina cuerda, los escribientes pretenden resolver el problema de la escritura y el vivir. 
Cuánto nos preparamos para esto; leitmotiv esencial en El viaje de los argonautas (y otros poemas), espacio que consolida el corpus de su poesía, en donde caben nuevas interrogantes, para definir si desaparece aquí el árbol que reunido con el resto de sus hermanos se convierte en un multitudinario Dios hecho barco, o eleva en el más alto mástil al ser para evitar la caída, producto del rayo que lo alcanza en la enfermedad. Es único tripulante, capitán y polizonte al mismo tiempo, hacha y trueno son recurrentes en la singladura de esta nave, alimentando su discurso de evocación espiritual en la naturaleza. 

X
Cuánto nos preparamos para esto.
Sol ebrio del que está solo.
Invicto mar engullendo y arrojando
desperdicios a la longitud de las costas,
a los parajes nublados de las rocas.
Obra de las aguas desprender algo
a todo navío y a nosotros
desprendernos del todo.
Bogar al sur fue volver a perdernos.
Este y oeste son uno solo.
El Norte no está en donde estuvo.
Hoyos y roturas nos hacen
ver que apartamos el centro
en el apacible engaño de las olas
y la secuestrada turbulencia del abismo.
Hasta aquí la bitácora de Argos.
Pájaros ninguno. Saetas,
cabriolas de un alma rota
los peces huyen.
Adelante no hay nada.
Ponderable vacío, futuro ahora.
El cristal del aire cierra mis párpados.
Adelante es sólo agua,
reluciente y muda agua demorando
la esperada tijera del acabose. 

No pretende César Seco cuestionar y documentar todos los orígenes, sabe muy bien aquello de que la palabra que pretende definir es una trampa, tiene una responsabilidad con su verdad, resonando el dicho del poeta que duerme siempre vestido, pues nunca sabe cuándo debe salir corriendo tras la imagen que define todas las elevaciones, junto a sus árboles personalísimos, que elevan sus brazos hacia el cielo; como buen entendedor del sino Heleno de la tradición poética, hace César sus pactos con Hermes para transitar en los caminos, nombrando pueblos de geografías distantes desde su ciudad solar, viendo atentamente cómo el silencio no pasó de largo y sembró un árbol, contó nubes,  –la nueve es sonido, la nube suena en las alturas – coronó al silencio y horneó al más blanco de los panes. 
Este texto es sobre César, y no un César, no al que se le regresan las monedas por tener grabadas su efigie, sino al que describe y se inscribe un paseo por Trocadero respirando un tabaco inhalado en un hipo asmático-lezámico, el que invoca a sus amigos en el Pessoa Room, el hijo de Álvarez, pastor de cabras ciegas y toros de percusión, el que capitaneó argos en inexacta pero consistente singladura, el que se batió solo contra Tebas, el que eligió la puerta de la vida en la palabra, el canto Seco de la ciudad Solar que se inscribe en una tradición viva, con los panes dorados incorruptos. 

(Barinas, 2012)
Fotografía de César Seco: José Gutiérrez



Miguel Antonio Guevara (Barinas, 1986) Editor y escritor de ensayo, poesía y narrativa. Impulsor de la editorial alternativa El Caracol de Espuma. Realizó animación sociocultural en comunidades a través de Cultura Corazón Adentro. Dirigió el Sistema Nacional de Imprentas (actual Sistema de Editoriales Regionales) y la Coordinación de Comunicaciones y Relaciones Institucionales de la Fundación Editorial El perro y la rana. Ha publicado en poesía Pensando el poema (Ediciones Madriguera), Hay un ruido que se escurre por debajo de las puertas (SurEditores), Ese instante turbio (Fondo Editorial Unellez), y en ensayo Por la palabra (Fundación Editorial El perro y la rana), además de participar en diversas antologías y compilaciones de ensayos sociopolíticos. Ha sido premiado en los géneros de ensayo, poesía y periodismo en Colombia, Venezuela y Suiza. Ha conducido los programas radiales “Espacio Cultural” y “Por Donde Pueda” ambos dedicados a la promoción literaria. Colaborador asiduo en diversas publicaciones venezolanas e internacionales. 

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