Por Pilar Salgado

Sucedió cuando éramos unos niños. Mis hermanos y yo empezamos a sospechar que nuestro padre estaba marcado por designios diabólicos. Una serie de sucesos y señales nos condujeron a esta hipótesis. La primera señal fue el látigo de cuero que colgó en la cocina como un objeto de tortura visual, imposible estar en casa sin verlo constantemente con todo el dolor y la amenaza que representaba. No recuerdo si alguna vez lo usó, porque papá con un solo gesto infundía un terror más poderoso que la misma presencia  del látigo. Una palabra de él era suficiente para que se nos quitara el sueño o todo lo contrario, en segundos quedásemos profundamente dormidos. Era un misterio como en algunas ocasiones que no deseábamos comer, papá nos lanzaba tan solo una mirada y en minutos no quedaba absolutamente nada en los platos. Todo lo sabía, era como si leyese nuestros pensamientos, no había manera de pensar siquiera en mentirle. Tenía el poder de decidir sobre nosotros hasta el más mínimo detalle  de nuestras existencias. Incluso los nombres que colocara a nuestros perros, Damián, Calígula, Nerón, eran una clara señal de su naturaleza sombría. Así, poco a poco llegamos a la conclusión de que papá podía ser el enviado de Satán. Lo confirmamos al conocer la fecha exacta de su nacimiento: 6-6-51. Los números de la bestia. El apocalipsis estaba cerca y papá no lo sabía. Decidimos entre todos que jamás debía enterarse de su espantosa condición, porque ello supondría suprimir su personalidad terrenal con la cual nos había enseñado a lanzar piedras en el mar para que rebotasen tres veces antes de hundirse en el agua, a juntar nuestras manos formando una cavidad que al soplar emitía ruidos fantásticos, a admirar acostados en el suelo del patio las estrellas e identificar constelaciones cuando no había luz. También nos enseñó a hacer cometas y barquitos de papel.


No, no debía enterarse jamás de su trágico destino. Intentamos de varias formas buscar la marca en su cuerpo para confirmar su suerte pero no fue posible sin que él sospechara. Así que con el tiempo desistimos de la idea. Luego de algunos años cuando ya casi olvidábamos el destino de papá, en una tarde de esas lentas, calurosas, con el sol alumbrando en amarillo, vimos a papá colocar la escalera de madera bajo el árbol de mango. Curiosos lo observamos por la ventana porque el árbol ni siquiera había florecido y desde hace tiempo lo habíamos convencido de bajar la trampa para los pájaros. Entonces vimos aterrados, inmóviles y temblando cuando amarraba un mecate a una rama formando un anillo directo a su cuello. Mamá sin saber nada nos miró intrigada, siguiendo nuestra vista hacia la ventana gritó despavorida y salió al jardín alzando los brazos en dirección al mecate. Papá dio un paso atrás sobre un escalón, soltó la cuerda y nos miró espantado. Entendimos de inmediato que la bestia había hecho su jugada vengativa. Papá no tenía la menor idea de por qué estaba allí. Bajó aturdido, con el semblante blanco y sus extremidades vacilando en cada escalón que pisaba. Luego, no dio explicaciones ni muestras de algún tipo de emoción. Silenciosos continuamos la tarde como si no hubiese sucedido nada. Papá se había salvado y el secreto seguiría con nosotros hasta el final de nuestras existencias.


Pilar Salgado
(Lima, Perú; 1972) Artista visual, docente de Artes Plásticas y profesora universitaria en el área sociocultural. Realizó estudios de dibujo, pintura y grabado con Maigualida Espinoza en Río Chico (1990), por lo que cuenta con más de 20 años de experiencia en la cultura y el arte en Venezuela.

Ilustración: Edward Gorey

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