Crónicas de Paraguaná escritas por Israel Antonio Colina.

Cuando las vacas volaban en helicóptero

Crónicas de Paraguaná escritas por Israel Antonio Colina.


Paraguaná en Crónicas

Por Israel Antonio Colina

Ilustración Gustavo Colina

CUANDO LAS VACAS VOLABAN EN HELICÓPTEROS


En el pueblo de San Silvestre hace muchos años hubo un gran revuelo entre los criadores por la pérdida repentina y muy seguida de sus animales de cría, llámese: vacuno, caprino, ovino y hasta unos burritos de vez en cuando. No salían de su asombro de ver el misterio con que estos cuadrúpedos desaparecían de la faz de la tierra. Muchos pensaron que al pueblo había llegado el come cabra, que tenía alarmado a Venezuela por esos días. A diario salían en grupo por esos montes y veredas en busca de sus animalitos –anhelando siquiera encontrarse por lo menos con alguna osamenta–, y saber si era algún otro animal que los estaba diezmando o sorprender alguna persona cometiendo el delito de abigeato.
Nada de eso sucedía. Pasaban los días y por las tardes al regresar los rebaños al corral siempre faltaba por lo menos uno de los animales. La novedad fue llevada a conocimiento de la autoridad respectiva para que abriera la averiguación de ley. Transcurrían las semanas y la situación no mejoraba nada.
En la población surgió un rumor que no desaprovecharon. Sus habitantes habían observado que con mucha frecuencia helicópteros sobre volaban ese caserío; y de uno de ellos que volaba muy bajo se escuchó que un rumiante bramaba en su interior. Entre los habitantes se decían unos a otros en son de “mamadera de gallo”, cada vez que pasaba una de estas aeronaves: –compadre ahí va su toro, su vaca, su cabra–-, ellos incrédulos no daban crédito a que eso estuviera sucediendo en una nave aérea con esas características, ¡pero se pusieron alerta!
En uno de tantos recorridos en busca de algún indicio, uno de los dueños de estas crías, llegó hasta un cercado que hay en esos predios, y observó que en el alambrado de ciclón había un hueco de regular tamaño y en el interior del patio estaba uno de los rumiantes desaparecidos. El cual esperaba pacientemente mirando el horizonte, amarradito debajo de un frondoso cují el boleto aéreo para viajar no se sabe a qué destino –que al final no llegó– por el revuelo que esta novedad causó en la comarca.—Desde entonces las vacas dejaron de volar en helicóptero–.

EL CERRAJERO DEL CASERÍO


Bartolo Bracho era su nombre. Este humilde hombre nacido en Adaure, era sordo mudo, de piel blanca y ojos azules. Recuerdo vivía en una casita muy precaria de adobe y bahareque cerca de la “comunidad” (reservorio de agua); de día hacia más sol adentro que afuera y cuando llovía pasaba algo similar, la lluvia penetraba a cántaros por aquellos huecos que le servían de techo.
En aquel campo su casita estaba no muy distante a la de mi abuelita Rumalda. Las madres cuando sus pequeños hijos se estaban portando mal le metían miedo con Bartolo; amenaza ésta que nunca entendí porque aquel ser humano no era loco, no andaba harapiento y mucho menos era violento, al contrario, siempre estaba con su ropa remendada y muy limpia.
Dentro de tantas carencias económicas pudo formar una familia honorable, cuyos hijos: Israel y Teolindo crecieron como hombres de bien. Eran años muy difíciles, se vivía de lo que se sembraba durante el año y uno que otro obrero tenía otro ingreso por que había encontrado trabajo en la compañía o trabajaba para una contrata que a su vez laboraba para las compañías que habían llegado a Paraguaná, como fue el caso de La Venezuela Gulf Oil Company, en 1924, –después llamada Mene Grande Oil Company–, Creole y Shell que llegaron en la década de los ‘40.
Ahí vivía solo, su casita era un pequeño taller, nunca le faltaba un martillo, destornillador, cuchillos, chuelas, llaves, escardillas y una que otra pequeña ganzúa. Puedo asegurar que este ser era muy laborioso e inteligente. Cuando a alguien se le extraviaba la llave de un candado o se le partía ésta dentro del mismo, de inmediato el nombre que se le venía a la mente al afectado, era el de Bartolo. Se puede decir que era así como el cerrajero del caserío.
A través de señas y su pronunciación “manao” “manao” tanto él como los parroquianos se entendían muy bien. A nadie engañaba, a nadie le quedaba mal con sus compromisos. Él sacaba ese pedazo de llave donde estuviera “atascada” y hacia otra. Y para la extraviada hacía una réplica de ésta que abría ese candado sin ninguna dificultad. Recuerdo que entre sus herramientas siempre tenía varias llavecitas de las que traían los potes de leche Klim, Nutricia, Nido y las jamonadas Plumrose ¿Cómo lograba aquel objetivo? ¡Vaya usted a saber! ¡Puro ingenio y mecánica popular!


CHINDO BRACHO Y PEDRO PABLO


Por los años ’60 en Venezuela se puede afirmar que se mantenía intacta la magia de la radio y Falcón no podía ser la excepción. Las cuñas publicitarias que se escuchaban en las dos radios establecidas en la Península de Paraguaná, me refiero a Radio Punto Fijo y Ondas del Caribe, tenían mucha creatividad, al extremo que hoy día todavía son recordadas por muchos de sus pobladores que aún habitamos esta bella ciudad del viento.
Hay dos cuñas que hicieron historia en la radiodifusión falconiana, y son estas: la de la carnicería Santa Bárbara del Zulia, situada en la parte interna del mercado municipal de Punto Fijo, después de todo el mensaje publicitario, terminaba así, en la voz del locutor: José Leonardo Lazar.
¡Puro novillo y ternera!
Y de un producto que se publicitaba de una transnacional que era para matar zancudos, cuyo nombre era Real Quir, de este último, la publicidad terminaba así, expresada por un niño:
Mamá échale Real Quir, mamá échale Real Quir. 
De estas dos “cuñas” hay una anécdota, que le pertenece a Pedro Pablo Primera, quien siempre mantuvo una bodega en la calle Comercio con calle Monagas de Caja de Agua, él era muy ocurrente al igual que mi padre Chindo Bracho.
Un día en la mañana cuando mi progenitor lo saludó y le preguntó cómo pasó la noche, éste le respondió que no sabía porque él estaba durmiendo. Seguidamente le manifestó: Chindo, voy a tener que ir a Coro para comprar un radio. A lo que mi viejo le preguntó: ¿Y por qué no lo compras aquí en Punto Fijo? –Y respondió–: es que los de aquí hablan muchas pendejadas. Si lo sintonizo en Ondas del Caribe, sale un muchacho gritando: mamá échale Real Quir, mamá échale Real Quir y si lo sintonizo en Radio Punto Fijo, entonces sale el locutor gritando: ¡Puro novillo y ternera!

PATA E’PALO


Pata e’palo, así le decían a este ciudadano porque en verdad la prótesis que cargaba que le servía de apoyo en una de sus piernas, era de palo, él era  un constructor de origen italiano que a mediados de 1957 empezó a edificarle una casa-quinta a Aurelio Torrealba en la calle San Luis entre Comercio y Providencia, de Caja de Agua, al lado Sur de la nuestra, para ello había contratado a un grupo de obreros, –aproximadamente unos quince–, casi todos procedían de la Sierra coriana, a diario se veía a esos abnegados serranos haciendo honor a su gentilicio que los ha dado a conocer en su estado y –más allá también–, como hombres guapos para el trabajo fuerte y más si era en pleno sol como el que a diario los arropaba.
La casa a construir según el plano era grande y de platabanda (losa) bastante gruesa. Todo empezó muy bien con la construcción de las fundaciones para poder dar continuidad a lo que al final sería una majestuosa casa-quinta.
Cuando llegó el día de echar la placa (losa) ya previamente había sido fabricada por ellos una escalera de madera en forma de rampa que les permitía subir y bajar fácilmente llevando en baldes y latas sobre sus pronunciados hombros, la mezcla que batían en un “trompo”. Así se les vio muy sudorosos ese día, más bien parecían hormiguitas dando cumplimiento a su trabajo. Ya en la tarde esa tarea tan fuerte había concluido y ellos extenuados reposaban en los alrededores.
Mi padre, Chindo Bracho, tenía una bodega grande y les daba crédito a estos obreros que le pagaban semanal. Un buen día, –uno de ellos le manifestó– que Pata e’ palo solo les pagaba la mitad de su salario y la otra mitad se las guardaba y se las daría cundo fueran para la Sierra. A este comentario espontaneo por parte de este descendiente de José Leonardo Chirino, mi viejo –le dijo— eso no es bueno, que él se quede con parte de su salario, cuidado y les echa una broma, –los alertó–.
A los pocos días el susodicho constructor no apareció más al sitio de trabajo, –y se escuchaba decir entre ellos, los serranos— que Pata ‘e Palo le había quedado mal al Señor Torrealba llevándose un dinero que éste le dio adelantado para la terminación de la obra. –Se presume que lo denunció ante la Seguridad Nacional– ya que en varias ocasiones se vio llegar comisiones de este cuerpo de seguridad al sitio en referencia. Recuerdo que estos personajes vestían de flux, corbata, lentes y sombrero negro y como si fuera poco los vehículos también eran del mismo color. Eso lo que producía era terror.
La situación política en el país estaba muy embochinchada, quien gobernaba era el General Marcos Pérez Jiménez y los partidos opositores al gobierno encabezados por Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y el Partido Comunista estaban echando el resto para derrocar su gobierno. 
Llegó el mes de enero de 1958 y la nación estaba como una olla de presión, –a reventar–, con huelgas, manifestaciones y detenciones de opositores al régimen. El 23 de ese mes en la madrugada el General Marcos Pérez Jiménez  arrugó y decidió abandonar el país en su avión presidencial que habían bautizado las malas lenguas como la vaca sagrada. 
Esta situación favoreció a Pata e’palo –sin querer queriendo– porque quienes lo buscaron en varias ocasiones en su trabajo para que respondiera por la estafa cometida –ya no eran autoridad–, unos habían huido en estampida y otros estaban presos por las “brigadas de orden” que formaron de inmediato sobre todo los dirigentes de Acción Democrática a quienes se les veía en camiones y camionetas –machete en mano—por las calles de esas apacible barriada –dándole vivas al logro obtenido–.
Quienes estaban muy apesadumbrados y no participaron en ese fiestón democrático fueron los serranos y el señor Torrealba que por mucho tiempo estuvieron esperando a que llegara Pata e’ palo para que al menos le entregara la mitad de los salarios –a ellos, los afro descendientes– que con tan buena fe le dieron a guardar, durante tantos meses.



Israel Antonio Colina(Punto Fijo, Estado Falcón. 7 de Noviembre del 1947) Fue fundador del conjunto de música criolla “Estrellas de Occidente” y del Grupo “Juventud cultural y artística de Caja de Agua”, en Punto Fijo. Durante su servicio militar formó parte junto al músico y cantante Frank Davalillo de un conjunto de música criolla. Siempre entregado a la vida cultural, en cada uno de sus pasos se ha vinculado a diversas organizaciones culturales. Hoy nos da la grata oportunidad de conocer memorias de la Península de Paraguaná a través de Golpe’ e Tapara.

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