Fragmento del Inmortal de Miguel Antonio Guevara.

El inmortal. Un fragmento. Por Miguel Antonio Guevara

Fragmento del Inmortal de Miguel Antonio Guevara.

Por Miguel Antonio Guevara

Fotografía propiedad del autor.

No voy a contarles aquí el drama de cruzar al Otro Lado cuando la frontera está cerrada. Creo que en algún momento mientras escribía mi diario en el pueblo no pensé más en el viaje. Me entregué a lo que pasaba sin darle mayores explicaciones ni buscarlas. Era una especie de meditación sin meditar. Como vivir un no tiempo.

            La primera vez que comencé a pensar en lo que estaba sucediendo fue en una de las sesiones del círculo de lectura. Un muchacho leyó un texto de un joven escritor local que contaba la historia de un soldado. El escritor es del interior del país, de un pueblo en donde todavía está vivo el asunto de la guerrilla y los paracos; o mejor dicho, un pueblo en donde se aparenta menos que no existe la plaga de la guerra.

            El cuento versaba sobre un joven soldado del ejército que se encontraba en territorio “enemigo”. Entre la selva pudo divisar un cuerpo moviéndose y gracias a la forma en que iba vestido supo de inmediato que era un guerrillo. Le disparó y pudo verlo caer al suelo tras herirlo de muerte. 

            Su sorpresa: el cuerpo se levantó y siguió andando. Alcanzó a dispararle de nuevo y en la medida en que lo tumbaba a plomo volvía a levantarse.

            Se trataba de un Inmortal. Un ser que podía recibir cualquier tipo de daño y levantarse como si fuese la cosa más fácil. Ese cuerpo podría tener en su interior todo el plomo del mundo e igual se levantaría.

            Si la memoria no me falla estoy casi seguro que esa historia fue la que detonó mi reflexión. “La muerte y el dolor son los que nos hacen pensar”, era lo que solía anotar una y otra vez en el diario, que ya no era un diario sino un amasijo de información que contenía desde direcciones a lugares en donde se conseguía comida barata o fechas de actividades literarias.

            Estoy casi seguro de que allí había un vástago, un residuo de lo que significa este mundo tan particular al que había llegado. Me imaginaba que cada persona del país era ese inmortal. Porque si todos los muertos son uno solo, todos los inmortales también. El ciudadano promedio de este país está en eso a diario, recibiendo plomo y levantándose día a día. Tal como cualquier otra persona en el resto del continente. Como en mi país. Solo que ellos le pusieron nombre: Inmortal.

El tipo que siempre me llevaba la contraria en el círculo de lectura, y la muchacha que le acompañaba, fueron los únicos que no opinaron sobre esa historia. Aunque nunca revelaban sus posturas políticas abiertamente, era obvio que ignoraban o no participaban cuando otras personas del grupo hablaban de temas literarios asociados a la realidad política del país. Le tenían como alergia. Discurseaban y se iban por las ramas, era un tema que de verdad no les gustaba. A mí me molestaba, a lo mejor los de mi país no hemos llevado tanto palo por razones políticas como ellos, era lo que pensaba como intentando excusarlos mentalmente por esa actitud, pero les guardaba cierto rencor, la sensación de rechazo que uno siente cuando alguien no le gusta. No tenía otra cosa que hacer en ese momento más que soportar su impostura y análisis potable, sobre todo. Es penoso lo que uno llega a hacer cuando se siente desorientado.

 

            —¿Cómo se llama el autor del cuento? —molestaba e insistía para que siguieran hablando del asunto.

    Oliver. Reece Oliver se llama. Es una chimba, ¿no? —me respondió el joven.

 

No sé por qué mi reacción fue anotar su nombre sin que nadie se diera cuenta. Como si fuese sospechoso de algún tipo de complicidad, parecía que yo era el único interesado en saber más del inmortal. Y lo digo de esa manera porque estoy seguro de que el joven Reece se veía allí o quería ser como su personaje. Un cuerpo capaz de recibir las balas del mundo y seguir caminando para cagarse en sus enemigos y miedos.

            No me aguanté y googlé en el teléfono. Tecleé rápidamente “Reece Oliver”. No salía nada. Volví a escribir “Oliver, joven autor”, nada. Volví a buscar “el inmortal Reece Oliver” y salieron algunas cosas.

            Pude ver que era estudiante de comunicación social y que había participado en una controversia con una editorial que promovía un concurso en el cual participó y ganó. Al parecer había pasado un año y no le pagaban ni le publicaban su obra. Seguí buscando y no encontré nada más que eso. No encontré Facebook o Twitter, había una cuenta de Instagram con una sola publicación hecha hace más o menos un año en donde se veía la portada de un libro antológico que incluía su trabajo, o al menos eso era lo que parecía según la descripción de la imagen: “#NuevoLibro #AutoresLocales. Les presento esta nueva publicación que lleva un cuento mío, ¡prepárense, inmortales!”

            “¡Prepárense, inmortales!” ¿Qué habrá querido decir con eso? ¿Será tal vez una manera especial de comunicarse con sus amigos o una forma alegre de llamarle a sus compatriotas o seguidores?, la verdad es que no sé si llamarlos así porque no tenía más de tres “me gusta”, esa cantidad no podría considerarse “seguidores” como a él tampoco podría llamársele “influencer”.

            En ese momento, imbuido en mi búsqueda en google del “inmortal” Reece Oliver, alguien me interrumpió. Al parecer los derechos de palabra habían comenzado hace rato y me tocaba hablar a mí. Qué vergüenza, no sabía qué responder. Me tocó decirle a uno de mis interlocutores que volviera a repetirme la pregunta.

            Era la típica problemática literaria demasiado complicada o artificialmente intencionada para seguir dándole toque más intelectual a la reunión. Creo que alcancé a ofrecer la respuesta que siempre daba en esos momentos, una con la que nunca he sabido si me he dado a entender, o en todo caso me hago odiar más por mis pendejas ganas de llamar la atención. Que si la literatura y la teoría crítica, la literatura deconstruyéndose gracias a la teoría crítica, y que no sirve para nada más que para cruzarnos de piernas y de brazos en esas reuniones. Qué se yo.

            Lo que quería en ese momento era agarrar la avenida séptima y, entre la salsa en vivo y los griteríos de la gente vendiendo mercancía, sentirme en territorio nuevo sabiéndome ya un conocedor de los inmortales. Raros especímenes de la fauna del hermano país. Testigos de aquello que tanto quieren ocultar e ignorar mis queridos interlocutores del círculo de lectura. Tienen carne dura, son difíciles de matar los malditos.

            Justo al terminar preguntaron qué deberíamos leer la semana que viene, todo el mundo conspiró mentalmente conmigo porque respondieron al unísono: A Reece Oliver.

 

***

 El Inmortal, quién descendía de un mortal, vivía en la calle 5 de julio con vista a lo que hoy se conoce como los barrios Juan XXIII y El Prado, es decir, un punto más en la populosa Florencia, en Cartagena del Chairá. Llegó al barrio con su madre, tendría 9 años. Alquilaban una habitación que se encontraba en el primer piso de una carpintería. La madre se llamaba Alfonsina, apodada “Payana”, trabajaba vendiendo café y cigarrillos detallados. Era morena, algo estrábica, delgada y de ojos achinados. Se decía que no era la madre del Inmortal porque no se parecían, eran de verdad muy diferentes. Vestía a su hijo con pantalones cortos y camisas de cuadros con mangas pequeñas. El Inmortal solía alquilar por algunos pesitos la bicicleta del señor carpintero, le quedaba grande, era de esas para repartir el mercado. El inmortal era muy tímido con su madre, quien lo cuidaba mucho. Ella trabajaba todo el día. Los sábados y domingos eran para tomar un refresco e ir a misa mientras miraban a la gente caminar y ver quién no tenía una sombrilla consigo, el que lograba contar más, ganaba. El Inmortal logró ir a la escuela pero no le gustaba. Quince años más tarde, un 2 de diciembre, el Inmortal ingresó a una tasca de billar junto a su gran amigo de la infancia, un tal Ernesto Algo. El tal Ernesto Algo sacó una Ruby calibre 7.65 y se la tiró en la cara a El Inmortal, quien no vio venir el movimiento. La Ruby rebotó en su frente y cayó en el piso. El Inmortal no entendía nada de lo que estaba sucediendo hasta que el tal Ernesto Algo se hizo de una desgastada Walther PPK que tenía en el cinto escondida detrás de la ropa, seguido le dio varios tiros al hombre de la caja, días más tarde se enteraría que era el dueño. Un hombre tumbado de la borrachera también recibiría un par de descargas. El tal Ernesto Algo se lanzó a la registradora, sacó lo que había y le hizo señas a El Inmortal, quien temblando abandonó el lugar junto a su gran amigo de la infancia. Corrieron sin parar. Al día siguiente el tal Ernesto Algo y El Inmortal ingresaron a una venta de repuestos de vehículos, buscaban un carro para huir de forma más elegante. Encontraron a una pareja con su hijo, aparcaban un Mercedes-Benz en la puerta. El esposo se defendió. Sacó otra pistoleta y se la puso en la sien a Ernesto Algo, amenazó con jalar el gatillo, Ernesto Algo gritó unas palabras a El Inmortal. Grito incomprensible. El Inmortal, lleno de miedo, confuso, contradictorio, del color de la tiza y con el corazón de la noche reventó el pecho del enemigo. 700 mil pesos era la cuenta. Y un poco más de 4 cuerpos. En dos días. A la semana siguiente seguían corriendo sin parar. El tal Ernesto Algo mató a otro por placer y luego a otro y otro y otro. El Inmortal le dio dos balazos al Tal Ernesto Algo mientras dormía. Cogió la Walther y fue al primer callejón que encontró. Le dio un pepazo a un pasante de la vía. Mala suerte. Le quitó la cartera, los papeles. Encendió un cerillo y con una fogata quemó rostros y huellas del difunto. Ahora tenía un nuevo nombre. El Inmortal, que tenía otro nombre antes de El Inmortal, ahora tenía un nuevo nombre. Lanzó al río la Walther y la Ruby, nada simpática pareja de nombres extranjeros. Se fue al monte y consiguió chamba de jornalero en una finca, haciendo de todo. Aprendió el arreo de ganado, montar a caballo, logró grabarse de memoria las fases de la luna. Se volvió el empleado de confianza. Años más tarde era el capataz de la hacienda. La tierra prosperó y creció hasta llamarse hacienda lo que una vez fue poco territorio. El Inmortal solía dar la cara por su jefe, su patrón. Pasó tanto tiempo que hasta olvidó al tal Ernesto Algo, solo recordaba de aquellos tiempos a la pobre Alfonsina, su “Payana”, que nunca supo a dónde fue a parar su hijito. Lo que más lamentaba es que no recordaba su rostro. Ninguno de los dos recordaba el rostro del otro. Un día el dueño de esas tierras organizó un parrando. Vino gente de todos lados a bailar y cantar. El jefe quiso presentarle a una socia. Mala idea. Mal azar. Mal destino. Era la esposa del hombre que murió por sus manos. La del Mercedes-Benz. Ella no dijo nada, sin embargo, supo de inmediato quién era. El hombre que siendo niño le quitó al que era su hombre. El Inmortal estuvo nervioso viendo los movimientos de la mujer. La música arreciaba en la medida en que avanzaba la noche, el alcohol, el miedo iban trastornando la mirada, la piel, los recuerdos, la razón. El Inmortal, que en ese momento todavía no era Inmortal pero no hay otra forma de llamarle porque ha pasado mucho tiempo desde que tuvo otro nombre, persiguió a la mujer hasta el fondo de la casa, intentó hablarle, pedirle perdón. La mujer enloqueció, le amenazó con prisión y la peor de las torturas. El Inmortal perdió el control. Lloró, se arrodilló y no obtuvo respuesta satisfactoria. La mujer amenazó con buscarle a toda la familia y hacerle lo mismo que le hizo al esposo, porque ella tenía plata, más plata que su patrón y todos los patrones juntos. La idea de ver a su “Payana” morir en manos de una encomienda le hizo recordar su rostro. Aunque no sabía si aún estuviese viva, ese momento le dio un trastazo a su intuición. Sí, su vieja vivía y por eso le había ido tan bien, porque todos los días rezaba para que volviera sano y salvo a casa, a pasear en bicicleta, a contar paraguas en los días de lluvia. Así que rodeó con sus manos el cuello de la mujer, no lo pensó mucho, matar le era familiar, asqueroso pero familiar al fin. Solo que en esta oportunidad era difícil, con las manos es otra cosa. Esa carne parecía un poste de luz, durísima como el metal, como la piedra. Pensó que podría ser más fácil. La mujer podía hablar, incluso se escuchaban sus palabras, “te maldigo”, dijo, “te maldigo para siempre. Como le has quitado la vida a otros no tendrás el don de morir, serás un inmortal y vagarás por el mundo recordando a los que has matado. Se repetirá en tu memoria cada día en cada momento y cada segundo las vidas que quitaste. Porque no mereces ni la tranquilidad de la muerte. Ni el cielo ni el infierno conocerás, sólo el castigo de la indiferencia, del paso del tiempo, ni tu propio rostro reconocerás. Solo sabrás quien eres cuando te despiertes soñando que le dabas muerte a otros para al mismo tiempo saberte matando en la lucidez. Maldigo tu porvenir, lo único que podrás ser es un insomne en una infinita vigilia de sangre”. Cuando pudo despertar de aquella pesadilla se vio a sí mismo lanzando el cuerpo a un río cercano. Mientras regresaba de nuevo a la fiesta se arrepintió, decidió marcharse. Se metió en la selva sin pensarlo, caminó días enteros sin probar agua o bocado. Hasta que se topó en un claro con un grupo de uniformados. No era el ejército o sí, era un ejército, pero no el ejército convencional, era otra cosa. Armados hasta los dientes lo llevaron amarrado hasta donde estaba el encargado del grupo. Tras un largo interrogatorio en donde solo pudieron escuchar incoherencias salir de su boca, le tendieron dos opciones. Una, se quedaba en el campamento, cogía un fusil y se unía a ese extraño grupo, o dos, lo ejecutaban allí mismo. El Inmortal que en ese momento ya era un inmortal, pero sin saberlo, prefirió lo segundo. La muerte era despertar de la pesadilla que recién había revivido después de tantos años. Lo amarraron a un palo seco enterrado en medio del campamento. Le vendaron los ojos y sin preguntarle si fumaba o no le clavaron un cigarro en la boca. Se aproximó un pelotón de fusilamiento y pudo recordar el día en que su madre lo llevó a conocer el cine y ver su primera película. Las imágenes estaban tan vivas como su corazón, tan vivo que nunca se detendría aún en las circunstancias más exigentes. Se dio la voz de fuego, y en los lugares en donde debieran brotar claveles rojos podían ver la piel echando humo y comiéndose las balas. No les extrañó en un principio, puesto que aún después de las sucesivas descargas el hombre seguía llorando, aún de pie con el cigarrillo intacto y el trapo tapando sus ojos. Luego fue inevitable caer en cuenta de lo que estaba sucediendo. Los hombres se asustaron y se detuvieron, se miraron los unos a los otros. El único que pronunció palabra alguna fue el jefe que le preguntó con firmeza al que debiese estar muerto “¿Y tú, por qué lloras si no te terminas de morir?”, a lo que le respondió, “Porque soy un inmortal”.


Miguel Antonio Guevara (Venezuela)
Escritor. Sociólogo, Magíster en filosofía. Premio Internacional de Ensayo Mariano Picón Salas y Premio Nacional de Literatura Alfredo Armas Alfonzo. El libro de ensayos It´s a selfie world (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2021) y la novela Los pájaros prisioneros solo comen alpiste (LP5 Editora, 2020) son sus libros más recientes.

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