Por Gabriel Jiménez Emán
Ilustración Aníbal Ortizpozo
Wald abrió los ojos a la mañana siguiente,
recordando los horribles retazos de la experiencia vivida el día anterior.
Sólo que esta vez sus manos no eran patas de perro, sino garras de felino.
Podía expandir las uñas y ver sus hirsutos bigotes saliendo de su cara. Ya
no andaba en cuatro patas como un perro o un gato sino en dos,
perfectamente erguido sobre su porte gatuno. Pero todo ello era una
locura, no podía estar sucediendo, sencillamente. Se echó a llorar y sus
gemidos eran maullidos profundos, cuyos ecos rebotaban de las paredes
haciéndole perder el sentido. La pesadilla continuaba y él debía
sobrellevarla hasta sus últimas consecuencias, so pena de parecer un loco.
Todo menos eso: ser considerado un demente, un enajenado mental.
Se limpió la cara lamiendo sus mullidas patas, que pasó húmedas por su
rostro con un movimiento que, pese a todo el súbito horror que le
provocaba, también tenía su lado bueno, pues se trataba de una nueva
sensación: moverse como gato y pensar como hombre, en una mezcla de
sentimientos y movimientos extraños, a los que rápidamente fue
acostumbrándose. Descubrió que su olfato era muy superior y que so oído
podía percibir sonidos como si aquello fuera un sexto sentido; lo mismo
ocurría con sus ojos, que podían ver en la oscuridad, traspasar la
tiniebla como si se tratase de un telescopio. En el fondo le agradaba esta
condición gatuna y las ventajas que ofrecía, las posibilidades perceptivas
que generaba. Además, le estaba permitido salir del aburrimiento
cotidiano, del tedio y la rutina. No importaba qué viniera después; de
cualquier manera, ya había experimentado la sensación de ser perro y no le
había gustado, aquella debilidad y sumisión que no iban para nada con él.
Al mirarse al espejo no toda su cara respondía a las facciones de un gato;
sólo la nariz y los ojos se asemejaban a los de un felino; podía ser un
tigre o un puma, no lo sabía bien, pero era un rostro sin duda elegante,
de mucha categoría. Aunque situado en el borde mismo de una pesadilla,
Wald dio unos toques a su bigote, sin poder distinguir si aquello que
vivía era realidad o fantasía, una ficción novelesca o un largo sueño,
pero en todo caso no podía despertar sin dejar de sentirse una especie de
espectador de sí mismo.
Trató de ponerse nueva ropa, pero ésta no le venía bien, ni los zapatos le
calzaban, y así pudo constatar la realidad de los hechos, pues en los
sueños no existía este tipo de lógica. Quedó desnudo caminando en sus dos
piernas de piel sedosa. Se colocó un calzoncillo para no perder el sentido
de realidad humana, y luego se cubrió con una nueva bata color azul marino
muy bonita, que le daba un aire de caballero triunfador. Tenía frente a si
el reto de confrontarse con la realidad exterior, con la cotidianidad de
la calle. Ya no sabía cómo hacerlo.
Sintió unas ganas tremendas de comer un filete de pescado; no pudo hacerlo
y se conformó con unas sardinas enlatadas que sacó, una por una, del
recipiente para colocarlas
sobre rebanadas de pan y saborearlas con fruición. Después bebió una
gaseosa y fumó un cigarrillo, cosa que le pareció extraordinaria, que un
gato–hombre estuviese ahora fumando, metido en una bata azul marino.
Se dirigió a la ventana y miró hacia abajo. Extrañamente no había casi
gente allá abajo, el movimiento de los transeúntes era lerdo, los
automóviles iban despacio, como si por momentos estuviesen siendo filmados
en cámara lenta, y casi no hacían ruido. Algunas moscas entraron por la
ventana y volaron en círculo sobre las latas vacías de sardinas y los
tachos de basura, atraídas por el fuerte olor. Wald las espantó con la
mano y éstas volaron unas hacia afuera de nuevo y otras fueron a detenerse
sobre algunas migas de pan que se habían posado en la mesa. Pensó en las
moscas. Éstas le imprimían mayor realidad a las absurdas escenas que
estaban acaeciendo en su departamento, del que no le provocaba salir por
ahora. Pasó la tarde mirando revistas, evitando ver televisión u oír
música, pues cuando algunas notas musicales salieron de la radio sintió
una interminable tristeza, una especie de nostalgia pegajosa, un
sentimiento de melancolía por algo desconocido, y eso no le gustaba, no
podía comprenderlo.
La tarde fue cayendo lentamente, y dentro de Wald comenzaron a ocurrir
otros cambios sorpresivos; primero una suerte de hinchazón interior, un
fortalecimiento de la intuición que, a medida que se acercaba la noche, se
iba agudizando. Primero sintió la necesidad de echarse en el suelo y
dormitar un poco, luego arrastrarse en pequeños trancos por la alfombra
para seguir pensando, leyendo u oliendo aromas extraños que venían del
exterior. Después comenzó a caminar como un cuadrúpedo hasta acomodarse al
mueble, donde se enrolló divinamente entre unos cojines hasta quedar
dormido. Al poco rato despertó, ya de noche, descubriendo que su tamaño se
había reducido hasta las dimensiones de un gato normal, y esto le gustó
mucho, pues podía desplazarse con más agilidad.
Dio un maullido placentero, a través del cual se dio ánimos para
deslizarse hacia un agujero en la ventana, el cual atravesó para
desplazarse libremente por los tejados. Se sentía maravillosamente bien
saltando de techo en techo, escurriéndose por bajantes, capiteles, tejas,
cornisas, alambrados, haciendo ondear el rabo y dirigiendo su mirada hacia
la luna, que relucía en el cielo con su luz blanca, radiante, que le
inspiraba los pensamientos más desasidos de este mundo, como si pudiese
ver lo que había detrás de la otra cara de aquel satélite iluminado
indirectamente por el sol, y ella, la luna, guiaba sus pasos por aquellas
platabandas urbanas desde donde divisó la figura de una gata que iba
también por allí tejiendo sus sueños, buscando comidas o aventuras, lo
mismo que él, cazar algún ratón o pajarillo, cualquier cosa que les
hiciera vivir intensamente los misterios de la noche, los azares y
bifurcaciones que pudieran tomar sus vidas al encuentro de alguna
sorpresa, como en efecto era aquella gata cuando Wald la vio, percibiendo
en ella una fuerte atracción, pues había proferido algunos maullidos al
verle, y deseaba quizá transmitirle algo, la presencia súbita de un
gato negro de ojos amarillos que irradiaban una enorme fuerza de
sobrevivencia. Se había inmiscuido, en un tris, en una situación pasional,
en una refriega sexual entre un gato y una gata del vecindario. Al parecer
la gata estaba siendo perseguida por este felino agresivo, proveniente de
otro vecindario, que la llevaba asediada durante varias noches.
Cuando el otro felino apareció, la gata amarilla salió corriendo
velozmente en dirección a Wald, y éste supo protegerla poniéndola detrás
de sí e interrumpiendo al otro, al gato negro. Se había inmiscuido ya en
aquella refriega, defendiendo a aquella gata desconocida. Pero no tenía
otra opción. Así que se enfrentó al contrincante. Miró los ojos de la gata
primero, y después sostuvo la mirada terrible del gato negro, miró a la
luna en lo alto y preparó sus garras y sus dientes, para esperar la
acometida más feroz que había sufrido en su vida.
El gato negro tomó impulso y dio un salto veloz hasta aterrizar en el
cuerpo de Wald para derribarlo. Le mordió la nuca y rodó con él por la
platabanda, dando mordiscos y arañazos sangrientos; las gotas carmesíes
salpicaban el aire, mientras los maullidos sonaban tétricos en el silencio
de la noche; exhaustos ambos felinos, Wald sacó fuerzas de sus últimas
fibras y dio un salto para caer en la garganta del gato negro,
mordiéndolo, y el gato negro lo apartó con un zarpazo enviándolo lejos,
hacia donde corrió la gata, mirándole a Wald agradecida y excitada.
Corrieron juntos, ella más veloz que él, se detenía de cuando en cuando
para ver cómo se encontraba; Wald estaba maltrecho, se arrastraba por un
terreno escarpado junto a ella, que lamía sus heridas con una dulzura
sublime y luego le brindó su amor, como nunca antes lo había sentido.
Quedó exhausto un rato, mirando unas nubes azules que cruzaban por el
rostro de la luna, y lloró de felicidad en aquel momento, mientras
avanzaba a pasos cortos al lado de la gata, cojeando, con las heridas
abiertas pero feliz, avanzando hacia la ventana de su casa. Se sentía la
brisa fría, se veían a lo lejos las estrellas titilantes y algunos
murciélagos pasaban raudos, mientras la ciudad toda emitía una especie de
bostezo y Wald saboreaba su primera victoria.
Divisó la ventana de su apartamento allá lejos, se veía la luz de la
cocina y avanzó hasta el agujero por donde se había colado, pero también
advirtió con tristeza que la gata se había ido de su lado, había
desaparecido de pronto; se detuvo un rato para mirar en derredor pero no
había rastros de ella, y estaba ya muy cansado para emprender una nueva
pesquisa; de modo que siguió adelante hacia su departamento, se coló por
el agujero hacia la morada y ahí reconoció sus cosas, el cuarto, la
cocina, sus muebles y cojines, donde se recostó a lamer y sanar sus
heridas, y así estuvo un buen rato recordando a retazos la reciente
aventura, hasta que fue entrando lentamente en los dominios del
sueño.
Gabriel Jiménez Emán
(Caracas, 1950). Escritor venezolano destacado por su obra narrativa y poética, la cual ha sido traducida a varios idiomas y recogida en antologías latinoamericanas y europeas. En el terreno cuentístico es autor de varios libros entre los que destacan Los dientes de Raquel (La Draga y el Dragón, 1973), Saltos sobre la soga (Monte Ávila Editores, 1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (Fundarte, 1980), Relatos de otro mundo (1988), Tramas imaginarias (Monte Ávila Editores, 1990), Biografías grotescas (Memorias de Altagracia, 1997), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (Imaginaria, 2002), El hombre de los pies perdidos (Thule, España, 2005) y La taberna de Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, Caracas, 2005), Había una vez…101 fábulas posmodernas (Alfaguara, 2009), Divertimentos mínimos. 100 textos escogidos con pinza (La parada literaria, Barquisimeto, 2011), Consuelo para moribundos y otros microrrelatos (Ediciones Rótulo, San Felipe, Estado Yaracuy, 2012), Cuentos y microrrelatos (Monte Ávila Editores, Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Caracas, 2013). Ha recibido entre otros el Premio Nacional de Cultura de Venezuela mención literatura (2019), la máxima distinción del país.
(Caracas, 1950). Escritor venezolano destacado por su obra narrativa y poética, la cual ha sido traducida a varios idiomas y recogida en antologías latinoamericanas y europeas. En el terreno cuentístico es autor de varios libros entre los que destacan Los dientes de Raquel (La Draga y el Dragón, 1973), Saltos sobre la soga (Monte Ávila Editores, 1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (Fundarte, 1980), Relatos de otro mundo (1988), Tramas imaginarias (Monte Ávila Editores, 1990), Biografías grotescas (Memorias de Altagracia, 1997), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (Imaginaria, 2002), El hombre de los pies perdidos (Thule, España, 2005) y La taberna de Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, Caracas, 2005), Había una vez…101 fábulas posmodernas (Alfaguara, 2009), Divertimentos mínimos. 100 textos escogidos con pinza (La parada literaria, Barquisimeto, 2011), Consuelo para moribundos y otros microrrelatos (Ediciones Rótulo, San Felipe, Estado Yaracuy, 2012), Cuentos y microrrelatos (Monte Ávila Editores, Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Caracas, 2013). Ha recibido entre otros el Premio Nacional de Cultura de Venezuela mención literatura (2019), la máxima distinción del país.


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