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Cuento: Nefasto



Por Ana Cecilia García

El oficio de sepulturero le impedía percibir sensaciones que no estuvieran relacionadas con la muerte. El cementerio de Coro tiene un aura de espiritualidad malévola. Definitivamente es un lugar donde los muertos no descansan en paz. Desde que las circunstancias lo condujeron a trabajar ahí, Nefasto desechó su nombre de nacimiento por éste, pseudónimo con el cual se sentía más identificado.
En un día de labores cotidianas, se acercó a él una muchacha de aspecto dulce, que al verla por primera vez, Nefasto quedó fuera de sí. Su nombre era Jacinda, una morena, de curvas poco pronunciadas pero de facciones cercanas a la de los ángeles. El motivo de su visita era porque su abuelo, en estado terminal, ya estaba próximo a la muerte. Con voz afligida preguntó a Nefasto:
—A mi abuelo ya le resta poco tiempo para morir y me veo en la necesidad de preguntarle a usted, cuánto costaría abrir una fosa para enterrar sus huesos.
Nefasto, todavía maravillado por aquella silueta de ángel en carne y hueso, se resumió a responder: 30.000 Bs.
Jacinda, de acuerdo con el precio, quedó con Nefasto en pagar la mitad del monto de inmediato y el día del entierro liquidaría la deuda.
Tres días largos y agudos transcurrieron, hasta que llegó el abuelo muerto en una Bronco. Entre el tumulto de gente, Nefasto esperaba a Jacinda; no por el dinero, sino para verla y poder saciar las ansías que tenía de ella.
Entre el dolor del sepulto y los llantos, Jacinda pudo notar que Nefasto la miraba con ojos de águila, fijos en ella. Sintió repulsión, no solo por cómo era observada, sino por cómo él articulaba sus labios. Quiso irse al finalizar todo, pero Nefasto estaba seguro que no la iba a dejar escapar. Al salir, la sujetó del brazo y la atrajo con la excusa de que pagara lo que debía, y ella un tanto asustada, lo siguió hasta la oficina que se encontraba en la entrada del cementerio.

Temblorosa, Jacinda dejó el dinero en un escritorio sarroso y quiso salir enseguida, pero Nefasto envilecido por el veneno que le producía la obsesión, la tomó de nuevo y susurró a su oído:
— Iré a buscarte esta noche.
Jacinda controló sus náuseas y logró salir de la oficina sin dar respuesta alguna. Llegó a casa conmocionada, no solo por el dolor que producía la reciente muerte, sino principalmente por Nefasto. ¿Por qué dijo eso?, ¿Qué significado tenía todo lo que ocurrió? ¿Por qué ella?
Sumida en el insomnio, sintió que alguien tocó su puerta. Aún indecisa resolvió abrir, pero más allá del umbral no había más que una sensación macabra aguardando en la penumbra. Al retroceder para cerrar sintió a Nefasto detrás de ella. 
El instante de oscuridad que siguió fue extinguido por una luz: Jacinda estaba en el cementerio. Él la miraba moverse. Nefasto observaba cómo ella se deslizaba por callejones mugrosos imitando la forma astringente de las serpientes. Jacinda veía con horror cómo Nefasto la manipulaba igual que a un títere. Él de pie, impávido, la miraba con el asombro de que los hilos invisibles de sus dedos eran ajenos a ambos. La veía con una ternura que daba lástima. Jacinda era repudio exacerbado, inconsciente de percepción mas no de mente; veía desde el suelo el control que Nefasto ejercía sobre ella, mientras que él, con ingrata paciencia, se burlaba. Y con cada movimiento una convulsión que parecía poseerla un poco más, hacerla trizas, despedazarla y condenarla a la electricidad emanada de una maldad de la que era presa. Jacinda mordía las piedras que encontraba en el camino por no poder morder su lengua, el silencio era el estigma del oprimido. Nefasto sonreía. Era suya.

*Extraído del libro "Enemigos desconocidos 2.
Antología de horror" publicado por 
Ediciones Palíndromus en Maracaibo, 2018.



Ana Cecilia García
Coro (2995). Narradora y estudiante de Nutrición. Su primera publicación fue en la revista Awen #2, con su cuento "Ana Soledad". Cuentos de su autoría aparecen en el libro electrónico "Enemigos desconocidos. Antología de horror" (Ediciones Palíndromus 2018). Actualmente trabaja en la creación de relatos cortos de horror.

Ilustraciones: Pilar Salgado
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