Paraguaná en Crónicas Por Israel Antonio Colina

Así me lo contaron / El zapatero


Paraguaná en Crónicas

Por Israel Antonio Colina

Ilustración: Gustavo Colina

Así me lo contaron

Lo que me contaron mis padres y abuelos: ellos habitantes nacidos en Adaure (mi abuela materna nació en 1875 y mis padres en 1917). Cuando se les acababa el agua que se había represado en algún estanque, sabaneta o “comunidad” -como también le dicen a estos reservorios- y que  estaba ahí producto de la lluvia caída en el período de invierno, tenían que salir desde la madrugada, a pie, hombres y mujeres, muchas de éstas hasta embarazadas estaban, con las tinajas en sus cabezas sobre unos ruadillos de tela. Los hombres con baldes o latas sobre sus hombros; los que tenían un burrito lo echaban por delante con dos barriles sobre su indefenso esqueleto. En ese peregrinar dirigían sus pasos hasta el lado Norte del Cerro de Santa Ana, muy cerca de Moruy, donde había un ojo de agua o manantial que brotaba de dicho Cerro y que les servía de algo para mitigar su sed. 
Ahora bien, no eran solamente ellos, eso lo hacían todos los moradores de  muchas partes de la Península. Las mujeres llevaban hasta ropa para lavar sobre unas piedras. Regresaban por la tarde a sus humildes viviendas de barro y bahareque extenuados y extenuadas del largo recorrido y a esa hora colocaban una olla en el fogón para ablandar algunos frijoles con auyama que más tardes también les calmaría el hambre, acompañados quizás con un pedazo de arepa. 
La sequía de los años 1911 y 1912 fue devastadora para toda la Península, en vista que desde principio de siglo empezaron los ciclos de lluvias a desaparecer lo que al final originó una hambruna espantosa que la azotó por lo que sus menguados habitantes optaron por emigrar hacia tierra firme —Coro—, logrando pasar el Istmo de los médanos, -esos que a esta fecha, 2019, se han “tragado” cinco carreteras y tres cementerios indígenas-, y de ahí llegar a varios sitios de la sierra falconiana, -huyendo de la muerte-. Fueron centenares de seres humanos los que quedaron inertes a la vera del camino en esa terrible travesía. Niños y niñas pegados a los indefensos pechos de sus madres morían junto a ellas al no poder vencer el hambre y la sed que los consumía..

El zapatero

Juan Eleodoro Santelíz Guerrero, así bautizaron a este niño que después se hizo hombre y llegó a Caja de Agua a finales de los años 50', procedente de Cumarebo. 
Al principio se residenció con su familia en la calle Libertador diagonal al Cine Bolívar, de Antonio Guadarrama. Su taller y fabricación de zapatos lo instaló en la Calle Comercio con calle Monagas, de esta barriada, al lado en toda la esquina también se ubicó otro cumarebero –Juan González, éste es barbero-, el corte de pelo costaba un bolívar. Hoy día se encuentra en su lar nativo en lo que podríamos decir que en el reposo del guerrero después de haber alternado su arte de barbero con el de Cronista.  
En la zapatería se daban cita a diario varios de sus amigos con la finalidad de hablar de deporte y política, pero el tema que predominaba era este último, la mayoría eran adecos, ni de vaina un comunista ese partido había sido inhabilitado. A Yoyo, así le decíamos cariñosamente y los más osados lo bautizaron como “El Charro Negro”. No le faltaba en su taller una botella de cocuy que al pasar de los años supe que lo vendía por copas a sus contertulios. Entre los asiduos visitantes recuerdo los nombres de: Miguel Díaz (Miguel culito), Eleazar Jordán, Carlos Rivas (Caminante), Darío Búlmer, Otto Goitía, El Negro Irahola, su compadre Tony López, Tamacún, Rogelio Lugo (El tuqueque), Pablo Lugo (El grillo) y Alirio Madríz (Freno de aire). 
Uno de los temas políticos que se comentó mucho ahí entre cocuy y cocuy, fue aquel gobierno de coalición firmado por los líderes Rómulo Betancourt (AD), Rafael Caldera (COPEI) y Jóvito Villalba (URD), llamado Pacto de Punto Fijo, no porque se haya firmado en esta ciudad, sino porque la firma se realizó en la Quinta Punto Fijo, propiedad del Dr. Rafael Caldera, en Caracas.
Posteriormente el zapatero –así lo llamaban sus clientes-, se ubicó una cuadra más hacia el Oeste, en parte de la casa cuatro habitaciones que le alquiló mi padre Chindo Bracho, Calle Comercio Nro. 34, ahí llegó con su familia y su modesta zapatería. Un par de sandalias para dama costaba cinco bolívares, media suela ocho; clavar las “tapitas” en las zapatillas de las féminas solo costaba un bolívar, colocar los dos tacones de goma en los zapatos de los caballeros; su precio era de cuatro bolívares, suela corrida y tacón por solo dieciséis bolívares y si era que el cliente quería un par completamente nuevo; lo compraba de inmediato o lo mandaba hacer por la módica suma de sesenta “Simones”. De ahí se mudó unas cuatro casas más arriba donde continuó con su taller de zapatería.
¡Ay Dios mío! Pero como era de difícil conseguir ese dinero para cubrir esas necesidades. El país había empezado a transitar la senda “democrática” bajo el mando de Rómulo Betancourt, después del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, el 23 de enero de 1958. No había fuentes de trabajo; el salario diario era de doce bolívares y en alguna ocasión que llegó a dieciséis. El gobierno para apaciguar un poco la parte económica a sus pobladores desempleados en todo el país –que eran bastante--, activó un tipo de ayuda que le dio el nombre de “Plan de emergencia”. Muchos de los residentes de Caja de Agua disfrutaron de esa “bondad del gobierno” y todos los fines de mes tenían que ir a Caracas a buscar sus “cobritos”. 
En una ocasión hubo un retraso en el pago de ésta dádiva y en pleno centro de Caracas, en El Silencio, los beneficiarios se “amotinaron” y le “metieron las cabras en el corral” al mismísimo hombre fuerte de Miraflores –a Don Rómulo Betancourt--, quien de inmediato solucionó el asunto. Entre los manifestantes andaban: Pedro Reyes, Chico Jiménez y Pablo Lugo (El Grillo). A Caja de Agua regresaron con “cobre”. 
Volviendo al tema, mi hermano Francisco fue uno de sus ayudantes. Yo era un adolescente, y un día domingo me invitó y nos fuimos a vender sandalias a Barrio Nuevo, Nuevo Barrio y Las Piedras, no vendimos ni un par. A la semana siguiente nos fuimos a vender a Buena Vista con el centro de “operaciones” en Adaure, tampoco vendimos nada. Eran momentos muy difíciles; económicamente el país estaba muy mal. 
Siendo un hombre de armas tomar y haciendo honor a su segundo apellido, un buen día decidió irse a la sucursal del cielo -Caracas- en busca de nuevos horizontes, y lo logró. Con su familia se instaló en el segundo Plan de la Silsa y trabajó en la zapatería de su hermano Minche Santelíz. Posteriormente trabajó en varias zapaterías italianas de mucho prestigio en el centro de Caracas. Al tiempo regresó definitivamente a su Falcón querido, siempre haciendo lo que sabía hacer, -zapatos- con su arte que aprendió desde niño y con el que ayudó a “calzar” tanta gente, se instaló en La Vela de Coro hasta el 27 de marzo de 2016 cuando partió a otro plano. Paz a su alma.



Israel Antonio Colina
(Punto Fijo, Estado Falcón. 7 de Noviembre del 1947) Fue fundador del conjunto de música criolla “Estrellas de Occidente” y del Grupo “Juventud cultural y artística de Caja de Agua”, en Punto Fijo. Durante su servicio militar formó parte junto al músico y cantante Frank Davalillo de un conjunto de música criolla. Siempre entregado a la vida cultural, en cada uno de sus pasos se ha vinculado a diversas organizaciones culturales. Hoy nos da la grata oportunidad de conocer memorias de la Península de Paraguaná a través de Golpe’ e Tapara.

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