Anotaciones para cuando escriba una reseña sobre el libro Yasuri del Mar Guasare, del poeta chileno-venezolano Marcelo Seguel Bon (Sant...

Apuntes para una reseña de Yasuri del Mar Guasare

Anotaciones para cuando escriba una reseña sobre el libro Yasuri del Mar Guasare, del poeta chileno-venezolano Marcelo Seguel Bon (Santiago de Chile, 1963), publicado por Ediciones Madriguera (Coro, 2017).

Todo apunta a un desierto cuyo vacío
oculta un proceso de multiplicación
M. S. B.

Por Miguel Márquez

1 “La estupidez, el error, el pecado, la ambición, / ocupan nuestro espíritu y trabajan nuestro cuerpo” (Baudelaire)

Desde hace rato me tincan, tocan y entintan los experimentos poéticos de Marcelo Seguel Bon. Me generan el gusto y el interés por aquellos poemas que me sorprenden con su presencia sugerente; poemas que incluso me llaman por el nombre. Fue un placer tenerlo a él como tallerista en el Centro de Estudios Rómulo Gallegos de Caracas, ciudad donde vivió desde 1989 hasta el año 2016, luego regresó a La Patagonia hasta la actualidad. Hizo estudios de Filosofía, Letras y Educación en la universidad católica de la ciudad donde nació.

Él es cortés, reservado, inteligente, culto, con fama de buena persona, y, además, se apasiona por los vericuetos del mundo, como está bien demostrado en este libro. En sus textos no se deja en paz a la ñoñería, lo ramplón, el dale que vamos bien. La literatura es un proyecto consciente para sacar, mover, zarandear a las cosas en la costumbre donde se empozan; llámesele a ese pozo hipocresía, asentamientos burocráticos, feligresías, lugares comunes, que no son más que ejercicios de ceguera, modos de neutralización, formas de resignación, método ideal para pasar la arruga, para no pensar. El trabajo de Seguel Bon implica un nivel importante de conciencia de para qué el oficio, una labor donde palabra y ética van de la mano. Eso se palpa, se toca, se escucha en estos poemas que son aliados del Yo es otro, del desarreglo sistemático de los sentidos, de las correspondencias baudelerianas, de los filósofos durmientes, de la poesía beat, de la poética imaginista, de los poetas del sesenta de Venezuela y de pasantías importantes en Foucault, Deleuze, Guattari. Es decir, este amable profesor de literatura es un esmerado cuestionador de lo que existe. Alguien que sabe que el asunto con la sintaxis es un desafío de la más alta significación, que el sujeto es un amasijo de multitudes en desorden, que la historia (a lo mejor lo piensa o no) es un asco. Esto de la irreverencia que le supongo quiero precisarlo en tanto constituye una forma de ver, de entender y de procesar la vida; referida a la relación con los otros, con lo demás y con uno a través de palabras que señalan territorios más allá de los fraseos convencionales, en ese espacio donde se observa el tremendo trabajo por la expresión más auténtica, en la pelea con las infinitas trabas del momento, en fajarse con los juicios y los prejuicios y así acceder a una geografía nueva, casi irreconocible. Más que de tener cosas o ideas o puntos de vista filosóficos, concibo esta actitud de pregunta, de sospecha, de poner entre paréntesis la verdad de lo dado, como un despojarse de gríngolas, de anteojos, de entubamientos de cualquier especie, para permitirse la escritura, la visión y la música entre las contradicciones y las faltas de sentido que le corresponden; mientras se sigue una voz menos contaminada, menos pesada, en ese bosque de percepciones, de signos y de símbolos que la mirada encuentra (en ese terruño renovado, transformado) y los organiza, formaliza y trae a cuento como aquello que desea y puede decir con paradójica e intransferible manera.


Ese movimiento de separación de lo tenido por cierto, de tomar distancia de las creencias al uso, de desprenderse de la piel histórica que caracteriza a un individuo en el meollo de su intimidad, quizás responde en Seguel Bon a una elección, a una aventura consciente, a una travesía por zonas verbales de un registro diferente, libérrimo y sonoro, una escritura que al parecer nos habla de otra lógica, de otra ética y de otro destino. (Me gustaría enormemente leer algo de Marcelo acerca de cómo fue atravesando el mundo del lenguaje hasta llegar a este libro. Creo que esas ideas sobre la creación verbal y su forma de trabajo específico [la escritura automática, por ejemplo, los sueños, el teatro], aportarían mucho sobre el carácter insólito de esta obra). Y pienso también que la mirada de la que hablo en este OÍR A MEOP no tiene un aposento fijo ni un aposento estrella. No es el narcisismo quien toma la palabra. Es otro el camino alucinado de Yasuri del Mar Guasare (Guasare y Guaire, ¿verdad que se hablan?).

2 “del cielo en el que vuela un hombre / como una nada ofrecida a los dioses del fuego” (Leopoldo María Panero)


En este título de Marcelo anoto el filón indígena y el murmullo topográfico (¿Mar Guasare?). ¿Por dónde será la cosa? Una cosa, además, que conociendo el trabajo anterior del autor y abriendo cualquiera de estas páginas, sé que esta condición de enigma es por ahora bastante, y lo es porque dice, habla, escribe sobre un saber artesanal complejo, donde la sencillez es para otro asunto y el pensamiento está aliado a la materia por el lado de cierta exigencia, de cierta lógica que coloca el punto de misterio en el epicentro de lo que acontece, ese punto de variación espacial, medio alephiano, donde las resonancias se abren como las carambolas en la geometría imaginaria de la sensibilidad. El nombre propio de Yasuri lo guardo entonces como baraja, luz de faro, índice auditivo para cruzar estas reverberancias y avanzo con las letras que hay en el último párrafo del último poema, es decir, comienzo al contrario de lo previsto y juego para intentar entrar en la propuesta que arbitrariamente califico de lúdica y entonces poder tocar alguna parte del tablero y veo que dice allí lo siguiente:

"Puedo ser feliz al mediodía entre las trinitarias como un correo aéreo con sabor a dios picoteadas ventanas suspendidas contra un cielo rojo beata bendición con brazos abiertos como alas de pájaros y muelle-verano con hambre y blanco ese filtro de sol en lo alto de su sien me perdone el prodigio del gemido me hundo en la carne me hundo en el sudor que golpea la puerta de la eternidad el catálogo sin fin el exilio de los locos".

Veo que hay poemas en verso y en este lugar de término hay prosa, en esta página, en este párrafo, en esta clausura del libro donde me sobresale “el exilio de los locos” como “catálogo sin fin”, de donde entiendo, por un lado, el inacabable procesamiento del caos, de lo extraño de la enumeración, de lo no racional, de cierta condición de locura vinculada al exilio y al acopio de registros, de modulaciones, y por otro lado, esa condición de la migración, del traslado, del trasteo referido a los orates, ¿a cuáles orates se refiere? ¿Será que el exilio es una condición general del ser humano y el ser humano algo distinto a lo que se acostumbra decir? ¿Será que habla de este modo en referencia a su persona, que primero se vino de Chile para Venezuela y ahora se va de Venezuela para Chile en un exilio sin fin que es capaz de enloquecer a cualquiera? ¿O es que habla, asimismo, de los muchos venezolanos que han tenido en la actualidad que irse del país? ¿Será que habla de igual modo de esa mudanza que requiere el desplazamiento a la más profunda piel? En fin… Abro el libro al azar, en otra parte, en cualquier parte, antes de llegar al primer poema, y leo:

PARAGUANERO
POR TEMOR
AL OLVIDO

a quinientos / En nombre de Dios / llevan sol en un cántaro de agua y algo del guamachito de tierra / y tanto / el hueco / por escrito -que no- / donde varó el cielo con círculo de fuego / (Al norte del paraguanero) / Desde donde se abre la pesadilla infantil / por donde transcurre / fundaron al norte de los aviones / (las trinitarias): en vestido de vapor (palisandro) / en forma de pensamiento el pájaro viejo, el sueño & nubes de mosquitos / sus antiguas familias cuyas cabezas como fumarolas saliendo de la boca del volcán-anguila en las playas hierba del Mar Guasare i crecer sobre el mármol como pájaros que se impregnan de lluvia y producen música / como peloticas de anime sobre una playa vacía /que se cruzan / con ángulos caídos / por donde transcurre el otoño / & rapé de piedra correr / + huyen como inflamados por una entidad fosforescente / un muelle en donde está Dios: Y que es una habitación oscurecida al mediodía / donde no puedo verme las manos / Que ciele, (dizque)

Aparece Dios dos veces, en el título: Paraguaná. Comienzo a ver que las trinitarias quieren un espacio en estos versos. Habla de una pesadilla infantil. ¿Qué significa “palisandro”? Del fr. palissandre; literalmente 'palo santo'. Madera del guayaco, compacta y de hermoso color rojo oscuro, muy estimada para la construcción de muebles de lujo. Y esto me hace recordar a Neruda cuando sorpresiva y pretenciosamente dijo: el que no conoce el bosque chileno no conoce este planeta. Me gustan especialmente estas imágenes encenizadas y encendidas entre pájaros de "buen agüero": "sus antiguas familias cuyas cabezas como fumarolas saliendo de la boca del volcán-anguila en las playas hierba del Mar Guasare i crecer sobre el mármol como pájaros que se impregnan de lluvia y producen música".

¿Ese mármol está hablando de una tumba? En realidad, este poema está construido con versos separados por barras y escritos de forma continua, buscándole como el cuerpo al poema, como si el alma no le bastara. Busco en el diccionario digital la palabra Guasare y encuentro esto, que desconocía por completo y me impacta:

«...a principios del siglo XX, una larga sequía azotó a toda la península de Paraguaná, ocasionando en 1912 una gran hambruna que diezmó a una buena parte de la población pobre de la región. Se cuenta que, para sobrevivir, un gran número de personas emigró a la región en busca de agua y comida, pero muchas de ellas murieron en el intento. Los cadáveres de niños, mujeres y hombres quedaban tendidos al lado de los caminos, algunos morían solos, otros en grupos. Los que pasaban por aquellos caminos de muerte podían observar “cuerpos hinchados”».
Foto: Néstor Ocando. Fuente: https://mapio.net/pic/p-18029881/

Entonces, ese Mar Guasare del libro hace referencia a una localidad de Paraguaná que sufrió, como todo el estado Falcón, la sequía trágica de 1912 y en el intento de escapar de esto, de irse, de fugarse de la tragedia, muchos murieron. Lo particular también es lo ocurrido en Guasare, ¿un mar seco?, que dio lugar, leo más adelante, a un santuario de las Ánimas de Guasare, ánimas que hacen milagros. Este parece ser también un propósito del libro y un motivo de la poesía: impedir que los áridos vientos del olvido se lo lleven todo, que borren todo, que nos mutilen a fondo. ¿La palabra, la poesía, la memoria y los catálogos de la escritura como la tarea propiamente humana de la construcción del sentido de la vida, de su invención, entendimiento, culto y resguardo? ¿Cómo lo aparentemente sin sentido de una creación artística se convierte en un homenaje a la vida? Muchos elementos quedan por encajar en alguna parte. Quién sabe. Me conformo con darle continuidad a lo que vengo haciendo, dejo señales en la travesía y busco tierra en el primer poema del libro:

Le devora el pensamiento
y poco llevándola cual lluvia
entramado
ahogado y fosforado
indio, fosco

Me luce importante tener presente que este poema abre también la primera sección del libro: “ANTIRITMO”. ¿Será un error? Debería ser ANTI-RITMO o ANTIRRITMO, pero aparece como está entre comillas. Sea como fuere, me parece que esta entrada pasa de una a un juego, un homenaje, un saludo a Nicanor Parra con sus antipoemas, con ese estremecimiento poético para encontrar grietas de sentido en las fracturas. Leo pensamiento y lluvia, ahogado y fosforado, indio, fosco (fosco: del latín fuscus [oscuro] y leo en el DRAE que se utiliza también como adjetivo para referirse a, por ejemplo: “[Pelo] alborotado y fuerte”, es decir, pelo rebelde. La Patagonia rebelde, ¿no?). Ese primer verso del libro es una idea útil para detenerse a seguir lo que haya en este libro de criminal: “Le devora el pensamiento”, ¿a quién? Y, sobre todo, que el pensamiento tiene su lugar reservado con un nombre muy propio y habría que asentar y dibujar su alcance y su riesgo, sus enemigos, en un trabajo de mayor calado. Me es suficiente subrayar, por ahora, el destacado lugar de la conciencia en estos versos.

El poema IV dice:

Purificado por el silencio
sin semilla hondamente
engarrotado
Lo reescriben a
los surcos de la tierra
no
encuentra el centro

Anoto: sin semilla, engarrotado, no encuentra el centro… Como los tres primeros, estos dispositivos verbales que me sugieren ideas, atraen y llevan a buscarle algún hilo secreto a la quinta pata del gato, no tienen una idiosincrasia común a primera vista; a primera vista lo que está es la conjunción, el simultaneísmo, el aparato creado con cuidado desde alguna desmesura y con abundantes desmesuras, en tanto es algo que desborda lo usual y dispara la realidad de la lectura en distintas direcciones, una de las cuales es la de la tensa negación del discurso y el enlace con el delirio, con meteoritos que hacen causa de presencia en una vasta soledad (y esto es una virtud: el poema imposible en medio de una gran ausencia). En el poema siguiente leemos:

Dejó de fluir
puesto al revés inteligentemente
extrañado
no pudo escapar
fosforado y nubente
el ojo del estanque
que horadó

En principio y quizás en final, esto suena muy bien. Entro por el oído. ¿Habrá escrito cada poema de un solo golpe, atendiendo al encabalgamiento surrealista o los fue haciendo de a poco y corrigiendo más adelante? No lo sé, e igual me atrae el principio constructivista junto a la escritura automática en un vaivén que los implica a ambos. Lo de “antiritmo” se cumple, pues pone en tres y dos la composición melódica y por esta vía tenemos la existencia de frases como autónomas del conjunto que avanzan en el descoyuntamiento, la descomposición, sin llegar a instalarse en el cero después de cero. Más bien, en esa tensión que se crea entre las palabras y el desbarrancamiento absoluto del sentido, está justamente el poema. En ese límite, en esos objetos hay algo que los sujeta a la piel de la página como ríos subterráneos que fluyen y preservan, dinámicas integradoras en la dispersión, fuerzas que encuerpan las palabras del poema en una materialización que no sé precisar, pero que siento allí como agua viva, como elemento que logra, consigue y alcanza que la poesía no se transforme, no se convierta en un reguero de escombros. Me refiero a la dinámica de envoltura en el despojamiento, al estilo gravitacional que mantiene unidas estas páginas.
En el poema sexto (con seis partes numeradas) tocamos lo que es evidentemente un corazón, una energía espiritual de primera magnitud, hígado de este mundo de significantes como dispersos, desperdigados, disgregados.

1) Su rostro es la lluvia fosforada
(c u e r p o q u e b r a d i z o) / pachama es su vestido de vapor
2) Sus manos están compuestas por un cielo extraño,
que es el lancuyen, que es la textura de su ausencia
3) Sus pies son la semilla sin raíz: urishe,
el humo de una vela (a m u l e t o c a m u f l a j e)
4) Su corazón mapu che / selk´nam. Su corazón es el soporte
de su Dios, rehue (& la estridencia cósmica)
5) Su piel reproduce la mecánica de las nubes
que impregna el cielo del hombre explosión
(colicura es el aire común o los despojos del amor)
6) Su espíritu es un relato que se ha perdido (a r e n i z c a) /
(lican ray es el dibujo-destino)

Eso que adviene acá con una pisada profunda es el mundo mapuche, el mundo indígena, es decir, su origen bifronte, los ríos que se cruzan y encuentran, los idiomas que se confrontan y quisieran mostrar un solo dedo índice, acaso su razón más querida, su trabajo para encararse, para enfrentarse con el dolor en el único centro: el desplazado, el de la inquina histórica y la fuga, el de la lucha y la rabia, el de no saber qué hacer con esos mundos y hacerlos parte del cuerpo y del alma como quien recupera lo que no existe. Y este es quizás su desafío: la invención de una posibilidad, de un tejido, de una forma que lo aplaque y le explique cosas a su corazón turbulento, tal como lo escribe en este poema sexto:

“Su corazón mapu che / selk´nam. Su corazón es el soporte de su Dios, rehue (& la estridencia cósmica)”.

Así es: corazón y estridencia cósmica, entre lo uno y lo otro, entre el órgano y su explosión. En esta intensidad también está su disonancia, su ruido, su chirrido. Ni el Jardín de Epicuro ni el ojo de Apolo, es la mitología de una espiritualidad que tiene su hervidero en un lugar específico de América del Sur, junto a un idioma que llega del exilio y entra en diálogo con la noche y el día, con la vida y sus sombras, y él se le acerca desde ese margen, desde esa discordancia. Y así debemos atender, entender, con el oído en ese “antiritmo” que ya no es solo el de Parra, sino, asimismo, el de esta música no melódica, no comprensible exactamente, con la que quiere tejer su tapiz como quien dibuja su rostro, su pregunta, su misterio y sabe también algo muy importante: que “Su espíritu es un relato que se ha perdido”. Ese descentramiento aquí es sustancial. Es decir, esa pérdida de referentes, de referencias, de relatos, funda una falta de fe, una escritura a la intemperie. Y de este modo llegamos a la segunda parte: “Cartografía y sumidero del mal”. ¿Cartografía de Paraguaná, de territorio mapuche, de zonas híbridas? ¿Por qué el mal?

3 “Toda obra es por sí misma nociva” (Jacques Lacan)

Leo:
YASURI TIENE EL MODO
DEL MAR. YASURI QUINCALLA
ARRASADA POR EL OLVIDO

Que ciele. Yasuri es la voz desplegada. Yasuri es el lenguaje roto que debemos recomponer. La ciudad se desvanece tocada por la lluvia mientras el laborioso gusano subterráneo brizna / abrasador purpurante que blasfema. La chica no deja de suspirar hasta olvidar su primer nombre y la gente es un conflicto de luz y viento. (Yasuri 50% guacamaya vuelta escaramuza / el sueño / las postales con nubes de julio & fumarolas saliendo de la boca de un volcán-anguila en las playas Mar Guasare). El mundo corre a 60 km/hora mientras la hierba Yasuri crece sobre la tumba de mi hermano (el viento agita el cartel que incluye iguanas de tarde verde oscuro sobre las piedras de la playa y parece que lloverá un residuo invisible). Mar Guasare consagra a la mujer con sueños de greda y de amianto, mujer con nalgas de primavera y sexo de yacimiento. Yasuri hojarasca / semi-cielo. Yasuri sueña con fragmentos de cosas que dijo y que no dijo. Yasuri odia los zoológicos. La flor que ha perdido el color se convierte en una frase inexistente: espesa superficie de mis sueños salpicando el regulador de las horas y de la tierra árida 2am. Rara vivencia

Subrayo: Yasuri es el lenguaje roto que debemos recomponer.

Digo: Yasuri es también entonces ese cuerpo nuestro que debemos recomponer, pegar, armar. Yasuri pedazos, Yasuri fragmentos. Esos que quedan después de tomar distancia para recomponer una existencia más allá de lo esperado por X, más allá de lo deseado por Y, de la mirada de XY. Es el camino del trasteo, de la mudanza, de la migración, del exilio y es tal vez el del encuentro con una posibilidad inédita de vivir como decía Breton, o en todo caso más libre, y de seguro más aliviado… ¿No será que le impongo una lectura al texto? Por supuesto que sí, y la siento como inevitable en el sentido de ser un diálogo con la obra desde unas reflexiones sintonizadas con lo que allí pasa; una interpretación, e interpretación, además, de un material que se me escapa por todos lados y quiero hallarlo en algún lugar o en varios, me nace hacerlo: circunscribirlo. Y esta es la manera que tengo de leerlo, la manera de darle las gracias al autor: jugando con las palabras, con las imágenes, con los “antiritmos” de un libro un poco bastante demencial al que, además, en esta temperatura le va muy de buenas. Yasuri mapuche de Paraguaná, no puede ser, pero lo más increíble no es que sea, sino que parece ser, y es también una integración caleidoscópica que se fuga por cualquier lado, reacia a dejarse atrapar. Solo la escucho, entonces, y la dejo ser Yasuri en esta música, en este mar, que me hace sentir bien, particularmente bien.

4 “Hay un pez en su lengua nadando profundo hacia afuera" (César Seco)


“Yuxtaposiciones”, esta palabra es importante, aparece en el poema siguiente, cuando Yasuri intente un movimiento de salida, un fluido de agua hacia las aguas y de pronto estamos ahí y estamos también en el territorio del Mal con mayúsculas, el de los bombarderos atómicos con la chamusquina atómica, con los cadáveres atómicos, con el fuego, el aceite, los carbonizados, habla del B-52, o pudiera haberlo dicho del Enola Gay, o del Uno de las armas, del Uno de Vietnam, por ejemplo, un millón de muertos vietnamitas, y por esta vía llegar al cielo encapotado de la segunda guerra o el desastre mundial del siglo veinte. Lo cierto es la yuxtaposición, los planos que se juntan en el nombre de Yasuri, de india en movimiento, en desplazamiento, en fuga hacia el Mar Guasare, ¿en tránsito desorientado, repitiendo los errores, los sacrificios inútiles?

En esta parte hay que seguirle de cerca el cuerpo al descalabro, porque lo que leemos es el cuerpo del descalabro, de lo perjudicado en desoriente y búsqueda en detrimento de cualquier claridad. Este es un momento de conjunción de líneas de fuerza que atraviesan el libro, este territorio de complejas convergencias, esta escritura que muestra muchas cosas, símbolos, ideas, comparaciones, anunciaciones, condenaciones, con un lenguaje, con un idioma siempre en contrapunto convocante, materialidades sonoras que nos impregnan con empuje, con altos contrastes, con hallazgos a cada rato, a cada nuevo verso. Aquí hay que leer más lento. Aquí volveré para leer con este mismo gusto y navegaré por las aguas encrespadas de la imaginación; de una imaginación en este caso punzante, riesgosa, llena de cuerpos, de peligros, de hundideros. Hay que tomarse un tiempo para sacar algo en claro. Para escuchar mejor a Yasuri en contacto con la vida, con sus dolores, con sus ficciones.

Anoto parte de un verso donde dice: “marítima taquigrafía de arena”, qué hermoso… de arena, es cierto, esas letras arenosas, las únicas con que podemos deletrear este vacío y darle forma a la grieta en este hueco. Con ellas hacemos poemas y mapas, esas cartografías que por más atravesadas que estén por la esquicia, hablan de nuestra forma de anudar y desarrollar, de trenzar y deshacer, de volver una y otra vez a armar y desarmar, a escribir, a escribir y a escribir. Con la escritura quemamos peligros acechantes y pintamos la cueva con las imágenes más parecidas a los sueños.

Y así, andando por estas páginas llegamos a una tercera sección que se llama: “Glosario de la ciudad electrodoméstica”. Qué chocante esa palabra “electrodoméstica”, tan tienda por departamentos, tan de centro comercial y tan íntima por otro lado. Cuando pienso esto veo la licuadora que me acompaña siempre, un aparato que de verdad me ha dado tanto placer como para que responda al nombre de licuadora. Sin duda que la vida cotidiana es un inmenso equívoco. Cómo será este glosario, me pregunto, y siento una tentación tremenda por leer eso que solo puede ser una avenida principal en esta ciudad que no conozco y con una reserva lexical como brújula tentativa.

Leo en una pequeña introducción a la sección:

PLACER DE CLOROFORMO EN EL ZIGZAG LABERINTO DE LA ESTRELLA YASURI GLOSARIO DE IMÁGENES NUBENTES SELK NAM Y PAÍS PETROLERO DEL GUAYANA QUE HA IDO GUARDANDO DENTRO DE UNA FRÁGIL CAJA MANTENIENDO SOÑANDO UNA CIUDAD EN PEDACITOS TODO COMO UNA ACROBACIA

Lo primero que me viene a la mente es la correspondencia hedonista en la escritura, en la lectura, en el hacer de imágenes y rodeos verbales. Desde este punto de vista, hacer un glosario es construir un acopio de singularidades manifiestas, unas carpetas de apropiación de las junturas y las separaciones, unas bisagras con la interpretación y la recreación, con el acercamiento y la distancia. En ese sinsentido, el glosario como una especie de álbum fotográfico de las pasiones para la orientación visual del viaje.

Lo que diga es poco, esto hay que leerlo, disfrutarlo poco a poco, sobre todo jugar al jaguar y al pararrayos, a la tormenta y al sigilo. Hay que leer esta poesía. Este glosario va desde la A hasta la Z, como corresponde en el juego que nos proponen la vía láctea y el cuchillo de la madre.
Transcribo un término:
TABÚ: Pequeña abertura de una puerta a través de la cual se dejan entrever los recuerdos más punzocortantes / Tipo de fósforo que incendia automóviles (oasis) / Muchedumbre que, producto de la violencia, se convierte en volutas de humo
Y otro:
FRUNCE: Es el personaje huyendo o desentendiéndose en un poema Szabó. Es la estrella que cae después de haber leído ese extraño poema de amor. En fin, la conversación termina al anochecer cuando uno de los amantes, contenidos en el poema, olvida el nombre que acaba de pronunciar
Luego llegamos a la parte donde el libro encuentra término de llegada, provisional y todo, pero acotación en la performance, límite del collage. Se llama: “NERVADURAS MICROSCÓPICAS EN EL ÚLTIMO SUEÑO DE YASURI”. Dice en la introducción lo siguiente:
YASURI DEL MAR GUASARE ELLA SUEÑA GRANDES PLANICIES MESETAS DEL GUAYANA LA BRIZNA QUE ACARICIA LA ESPIGA DE TRIGO LA BONDAD LA RISA LOS PERSONAJES ATRAPADOS EN SU SILABARIO LATINOAMERICANO EN FIN LA CIUDAD DESPERFILA LOS AVIONES
Antes de ir a lo que hay acá, a estas alturas del vuelo sé que este libro es muy exigente en su planteamiento, pues es difícil manejarse en las aguas inestables de una poesía que se inscribe en la intensidad del estallido durante un largo, sostenido y logrado tiempo. Aquí, en estas páginas, el escritor se las juega y los poemas juegan con nosotros.

En este OÍR A MEOP, lo lúdico de la apuesta, y las puestas en escena de lo que sea el tránsito por esta vida (verbal), es recreado por un personaje llamado Yasuri del Mar Guasare –que nos habla de cerca en lo regional y une modos diversos de vivir, de entender el mundo, y se resuelve todo esto acá, se despliega en un lenguaje que nos da pistas de acceso en la medida en que pongamos en acto nuestras propias preguntas, hipótesis, dilemas, líneas de lectura. Es un libro latinoamericano, seguro, hecho a conciencia desde los rigores de la historia y sus desastres; desde el acopio de cosas que van quedando en el camino y a partir siempre de un lenguaje que, como el delirio, construye su manera de entender, su forma de acuatizar, de desmelenar el mundo de lo angustiante y de celebrar el encanto. Lo que se traduce, para el que llega a este punto, en una complicidad con el relato, con la extremidad rebotante de las repercusiones, con su entramado físico y metafísico, con su gusto y su vértigo.
Ahora quiero transcribir el último párrafo del libro para terminar con el comienzo de estas notas y que la serpiente, claro, se muerda la cola:

Puedo ser feliz al mediodía entre las trinitarias como un correo aéreo con sabor a dios picoteadas ventanas suspendidas contra un cielo rojo beata bendición con brazos abiertos como alas de pájaros y muelle-verano con hambre y blanco ese filtro de sol en lo alto de su sien me perdone el prodigio del gemido me hundo en la carne me hundo en el sudor que golpea la puerta de la eternidad el catálogo sin fin el exilio de los locos.

Subrayo:


me hundo en la carne en el sudor que golpea la puerta de la eternidad el catálogo sin fin el exilio de los locos.

Cuando escriba la reseña de este libro voy a agregar una cita de André Breton como epígrafe que dice así:
“No ha de ser el miedo a la locura el que nos obligue a poner a media asta la bandera de la imaginación”. 
Mientras, felicito a Ediciones Madriguera y a su editor, el poeta Ennio Tucci, por la publicación de este hermoso logro de escritura poética; escritura que nos emociona y toca en la piel de la curiosidad, la invención, el placer y la memoria.

Caracas, 7 de octubre de 2019



Miguel Márquez
(Caracas, 1955) Poeta, gestor cultural y editor. Realizó estudios de Filosofía en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Miembro cofundador del grupo Tráfico, director de Literatura del Consejo Nacional de la Cultura de Venezuela (CONAC), cofundador del Festival Mundial de Poesía de Venezuela, la Fundación Editorial El Perro y la Rana, investigador de la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) y directivo de la red de librerías de la Fundación Kuai-Mare. Ha publicado: Cosas por decir (1982); Soneto al aire libre (1986); Poemas de Berna (1992); La casa, el paso (1991); A salvo en la penumbra (1999); Linaje de ofrenda (2004); La memoria y el anzuelo (2006).

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