Paraguaná en crónicas de Israel Antonio Colina.

Crónica: Hay cosas que pasan y seguiditas


Paraguaná en crónicas de Israel Antonio Colina.

Por Israel Antonio Colina

Ilustración Gustavo Colina

Bernabé reside en Coro entre tantas calles destartaladas, quebradas con aguas putrefactas, apagones, falta de agua, gas, mucha basura y un transporte público deficiente. A eso se acostumbró al igual que el resto de sus habitantes después que se cansó de visitar los organismos públicos que tienen que buscarle solución a estas problemáticas. 
También se cansó de ir o llamar a las emisoras de radio o televisoras para que a través de sus micrófonos y ondas hertzianas hicieran los llamados a los gobernantes para que hagan algo por salvar este pueblo de tanta indolencia. Él conoce sus deberes y los cumple a cabalidad por eso exige que sus derechos le sean respetados. A su edad que ya son bastantes almanaques desglosados ha sorteado muchos obstáculos en esa carrera sin límite, los cuales ha saltado, incluyendo hasta saltos de garrocha.
Este hombre después de haber pasado toda la noche en su hogar sin electricidad se levantó como de costumbre a las siete y media de la mañana –el apagón continuaba–, por lo que sabía que no podía usar la única hornilla eléctrica que le queda de cuatro cocinas de este tipo que ha comprado donde los árabes del mercado viejo a precio de dólar libre. Fue por lo que tomó la única caja de fósforos que tenía de cinco que días pasados había comprado en una bodega del vecindario. Estando en casa observó que dos ya no eran originales, habían usado unas cerillas de éstas. Con los pocos fósforos que tenía la caja en su interior trató de prender la cocina de gas; la mayoría perdieron su cabecita rojiza; de inmediato utilizó las otras cuatro ya vacías para ver si lograba que hubiera la chispa suficiente que ocasionara la llama, pues no lo logró.
Ya el hambre apretaba y las vísceras estaban entrando en revolución y tenían razón porque a esa hora, ocho y media de la mañana, a ellas les cae su acostumbrado desayuno acompañado de un espumoso café con leche –cuando la hay, sino un negrito fuerte–. Bernabé en su desespero se vistió, se puso unos zapatos que tenía mucho tiempo que no usaba y que ese día antes los había pulido para que lo acompañaran cuando fuera al mercado a comprar alimentos. 
Por estar afrontando dos virus que están azotando a la humanidad: uno el Corovid-19 para el cual los científicos afanosamente están buscando la fórmula para la vacuna que lo combata –esperamos que lo logren pronto–. Y el otro la corrupción para la cual no hay cura. Se puso su sombrero y se colocó el tapabocas y salió al vecindario en busca de estas llamitas. Al caminar dos cuadras vio que un pedazo de goma cayó frente a sus ojos,  sintió algo extraño en el zapato derecho, se paró, miró la suela de ambos y observó que éstas se estaban desprendiendo. 
Llegó a la primera bodega y no pudo obtener lo solicitado porque el punto estaba inactivo. Fue a otra y ocurrió lo mismo. Se acordó que en su cartera guardaba cincuenta mil bolívares como precaución para pagar los pasajes,  de los cuales dispuso para comprar una de estas cajas. La bodeguera le manifestó que no tenía efectivo para dar vuelto. Se regresó a la primera bodega visitada y pudo comprar lo solicitado. Visitó tres de estos comercios y en menos de cuadra y media –así tituló uno de sus libros el laureado escritor falconiano Eudes Navas Soto—, éstas tenían precios diferentes que oscilaban entre doce y quince mil bolívares cada una. 
Al regreso gran parte de la goma de los zapatos se había quedado esparcida en las cuadras recorridas. Por fin Bernabé llegó a su hogar caminando sobre la plantilla de cartón que éstos llevan en su interior; las dos suelas desaparecieron en el trayecto. Y todavía no había llegado la electricidad. Se dispuso a prender su cocina y zuas el gas se acabó, la bombona expiró. 
Para tranquilizarse un poco optó por encender un radiecito de batería que tiene y que guarda como un tesoro por ser un recuerdo de familia; y de seguida lo que escuchó fue un Porro colombiano grabado por Noel Petro en 1955 pero esta vez quien lo interpretaba era Diomedes Díaz; titulado Cabeza de hacha cuya letra dice así: “He vivido soportando martirios, martirios / jamás debo de mostrarme cobarde / arrastrando esta cadena tan fuerte / hasta que mi triste vida se acabe…”
Ese día a este hombre víctima de las medidas unilaterales impartidas por el reyezuelo de la Casa Blanca y de la cuarentona, --ay perdón,-- quise decir cuarentena, que se está cumpliendo desde que apareció en el mundo El Vengador Anónimo (el Coronavirus), exclamó: ¡Dios Santo, qué he hecho hoy mal para merecerme tantas penurias! A Bernabé lo  único que le faltó en su peregrinar fue que lo meara un perro. Por precaución durante veinte días no salió de su hogar para evitar encontrase con este canino y que cumpliera con lo que faltaba.


Israel Antonio Colina
(Punto Fijo, Estado Falcón. 7 de Noviembre del 1947) Fue fundador del conjunto de música criolla “Estrellas de Occidente” y del Grupo “Juventud cultural y artística de Caja de Agua”, en Punto Fijo. Durante su servicio militar formó parte junto al músico y cantante Frank Davalillo de un conjunto de música criolla. Siempre entregado a la vida cultural, en cada uno de sus pasos se ha vinculado a diversas organizaciones culturales. Nos da la grata oportunidad de conocer memorias de la Península de Paraguaná a través de su libro Golpe’ e Tapara (2018).

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