Segunda parte del relato de Jair Gauna

Cuento: Barcos de papel ( II )

Segunda parte del relato de Jair Gauna

Por Jair Gauna

Piratini se encuentra más allá de la Nova Ponte, donde las aguas heladas serpentean hasta llegar al otro extremo del pueblo. Viajaba en el asiento trasero, embelesado en las pequeñas haciendas con plantaciones inmensas mientras que Ralfy preparaba el mate para Yuri, quien conducía con agilidad por una carretera -para mí- desconocida. Aquello que los gauchos brasileños llaman Nova Ponte en el Passo do Costa, es una estructura moderna de hormigón que reemplaza a la puente antigua de metal oxidado y columnas de piedra que aún se encuentra a un lado. Uno de nosotros escribió alguna cosa sobre el puente, removiendo el óxido con una llave mientras los demás veíamos las colinas, los árboles altos y los márgenes del río, registrábamos con nuestras cámaras aquella dicotomía de la debilidad histórica y el vigor moderno. 
Me tomó un tiempo imaginar que esa estructura vieja fue construida 100 años luego de la Revolución Farroupilha, como gesto de que la Federación había perdonado la osadía de los gauchos. Neto, Bento Gonçalves, Garibaldi, son hombres insignes -ahora nombres de calles y avenidas- que sostuvieron la República Rio-grandense hasta que el Brasil Imperialista castigó al sur, atándolo a la federación, mudando a los esclavizados a otros territorios y haciendo a sus dueños pagar con plata y ganado, con hectáreas de tierra fértil y la vida de miles de jóvenes militares, hasta que Piratini quedó reducida a un pueblo desatendido y lleno de carencias.
Atravesamos el pueblo entero para almorzar cerca de la orilla del río, bajo un puente de madera que parecía caer en cualquier momento. El paisaje era amplio y límpido: la grama reverdecida brillaba con el cielo despejado, las aguas caían sin prisa por escalones de concreto y los pinos se mecían suavemente soltando hojas y piñas. Solamente escuchaba nuestras risas, nuestras conversaciones sobre nada en particular mientras que el sol de invierno nos iluminaba sin arder. Nadie caminaba esas calles, me acerqué al río pensando que quizá Piratini era un pueblo fantasma, una invención nuestra para pasar el fin de semana fuera de la ciudad.
Una vez en el corazón de la villa, recorrí el Museo Farroupilha y la logia masónica, vi las fachadas de casonas coloniales del siglo XIX, naranjos por todas partes, seduciéndonos con sus frutas bien maduras. Fue así como los tres habíamos terminado en la Praça da República Rio-grandense, entre la calle Bento Gonçalves y otra calle que conmemora la fecha de la revolución de los farrapos -20 de septiembre-, la gran rebelión que tomaría por sorpresa a Porto Alegre y daría poder a los piratinenses. La placa del monolito da la espalda a la iglesia católica, un templo imponente que había servido únicamente para resguardar a los religiosos mientras que los revolucionarios mantenían su lucha contra el Imperio. Los párrocos estuvieron unos años a favor de la revolución y otros de la mano de Pedro II de Brasil, según les fuese conveniente.
Caminaba aquellas calles, tomando fotos de fachadas neoclásicas y calles serpenteantes. Sus habitantes, en su mayoría ancianos que merodeaban las esquinas, nos observaban con curiosidad, intuyendo que dos de nosotros éramos extranjeros sin apenas mediar palabra. Vi en los ojos de algunos de ellos el ardiente deseo de enseñarnos objetos históricos acumulados en alguna casa vieja, las ganas de señalar algún lugar que no se encuentra en los mapas y narrarnos un pedazo de aquella historia que el Brasil decidió olvidar. Nos abastecimos e hicimos una última parada frente una casona portuguesa en el camino a Pinheiro Machado, Yuri no estaba seguro si se trataba de la Casa de los Azulejos, pero aquella quinta de dos plantas era tan majestuosa que logró satisfacer mi gusto histórico. Sus puertas y ventanas tenían las proporciones propias de un lugar antiguo, así como una cornisa de tres molduras que corría bajo el tejado, con una franja de azulejos portugueses en forma de ondas y follajes, no cabía duda, sí se trataba de la Casa dos Azulejos. Sin embargo sus muros fueron recubiertos con un friso duro de concreto, dando a pensar que quizá en el pasado estaban recubiertas de cerámicas parecidas a su cornisa. La escultura romana de Hermes o Venus en la esquina de la terraza, fue reemplazada por la estatua de un perro sentado que parece vigilar la casa eternamente. Todas sus puertas y ventanas permanecían cerradas, un grupo de niños que vivía en la casa de al frente salió en pijama a verme tomar fotos, estaban llenos de curiosidad pero la timidez pueblerina no les permitía interactuar con nosotros. Subí al carro y Yuri aceleró por el camino de tierra, dejando una nube de polvo a nuestras espaldas.


Jair Gauna Quiroz
Venezuela (1992). Escritor y ensayista, miembro de la Cátedra de Literatura Agustín García desde el 2014. Además, investigador y crítico de arte que ha realizado varios textos curatoriales para exhibiciones individuales y colectivas del Instituto de Cultura del estado Falcón y el Museo de Arte Coro.

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