Una conversación con el escritor Miguel Antonio Guevara sobre su libro Mudable, en la que nos comparte sobre experiencia creativa, el hoy,...

Conversación en la sala de Miguel Antonio Guevara: Sobre Mudable


Una conversación con el escritor Miguel Antonio Guevara sobre su libro Mudable, en la que nos comparte sobre experiencia creativa, el hoy, el ayer y el futuro.


Por Joan Manuel Gacía  a Miguel Antonio Guevara


Mira, estuve releyendo el libro (Mudable, Antología transitoria (2009-2019) y quedé con varias inquietudes, una iniciática. Otras más bien sobre tu actitud ante el oficio del escritor ¿Qué te llevó a ser escritor y más concretamente te llevó a la poesía?


Hay tres momentos puntuales en que la creación vía escritura y lectura me dieron sentido. En primer lugar, durante mi infancia estuve rodeado de cierta cultura oral con mi abuela quien me recitaba los versos que cantaba la gente en Altamira de Cáceres de donde son mis ancestros. El arte no ha sido ajeno en mi familia, tenemos una particular tradición de músicos de rock, tíos y tías, primos que escriben y componen. Guardo con especial celo un recuerdo de primaria: tuve un encuentro en la escuela con una cartelera con cuentos de los estudiantes. Ya leía. Mi madre es docente y me enseñó a leer antes que ha escribir en las visitas regulares al cine. Pero me pasó algo ese día con la cartelera, por más que leía historias no caía en cuenta de que yo también podía escribirlas. Le dicté historias a mi madre que aún recuerdo. Invenciones a partir de historias que leía. En ese mismo tiempo acompañé a mamá a un encuentro de profesores al que asistía anualmente y allí había una exposición de libros. Ella me dice, escoge el que más te gusta y tomé uno de Mitos, leyendas y tradiciones venezolanas de Antonio Pérez Esclarin, el teólogo, docente y filósofo. La muchacha que vendía libros me dice, “mira, ahí está el escritor” y sorprendido voy con él y me mira y me lo dedica. Ese día le dije a mi madre lleno de inocencia que quería ser escritor, la sorpresa al conocer a un escritor, supongo. Luego mamá me inscribió en una escuela de mecanografía y caligrafía comercial, te estoy hablando de mediados de los noventas. Me imagino que esas horas practicando en la máquina de escribir me entrenó de alguna forma a pasar horas escribiendo, el estar tiempo sin moverme en el mismo sitio. Adolescente seguí leyendo, tal vez más lecturas que escritura. Mucha narrativa y filosofía, pero sabes todo desordenado sin guía, sin instrucción y tenía como una especie de mito personal: creía que todo lo escrito era verdad. Me topé con un libro llamado La inteligencia me persigue del que no recuerdo su autor, era un profesor, creo de la Católica del Táchira y hacía una especie de filosofía para principiantes. Ese libro me llevó a Sartre, a otros pensadores, cambió mi forma de pensar y de ver el mundo. En ese momento seguía escribiendo de todo, canciones (tocaba en una banda de rock, toqué en varias durante años), relatos, imitaba a Quiroga, de quien leí todos sus cuentos entre primaria y comienzos del bachillerato y luego a Poe a quien también copié muchísimo. Todo noveno grado seguí entregando trabajos hechos a máquina de escribir para que te hagas una idea. La poesía vino luego, que sería como el tercer momento. Cuando hacía el curso para presentar la prueba de admisión universitaria, en las prácticas de comprensión lectora, había un fragmento de Cartas a un joven poeta de Rilke quien se convirtió para mí como para tantos en una especie de educador sentimental. Volví a los viejos textos que había escrito y me puse a escribir y reescribir, eran en su mayoría sonetos, no caía en cuenta de la diferencia entre el verso libre o lo que fuera. Creo que una de mis hermanas los guarda todavía. Tiempo después por puro azar ingreso al taller de creación literaria de Monte Ávila Editores Latinoamericana con Luis Enrique Belmonte, que por cierto no terminé, pero pude conocer textos muy importantes para mi formación, Bachelard, Octavio Paz, Ponge, Rafael López Pedraza, Alfonso Reyes, Alfredo Silva Estrada, esas lecturas tan importantes. Compartir con otros poetas y aprendices de poetas. No hice el taller completo porque me fui a un viaje de autodescubrimiento, también por puro azar. De toda esa última experiencia, del viaje, del taller, salió mi primer libro, Hay un ruido que se escurre por debajo de las puertas, que lo escribí entre Charallave, Mérida, Caracas, Barinas, Madrid y París. Cuando volví a Barinas lo envié al concurso Bonaventuriano de poesía y cuento de la Universidad de San Buenaventura en Cali, Colombia y recibió una mención. Ese momento, que hayan tomado en cuenta un trabajo inicial fue lo que me hizo dedicarme por entero a la literatura y a no querer hacer más nada que no fuese leer y escribir, crear. Que como puedes darte cuenta, ya era o es una especie de capital cultural familiar, cierto privilegio contextual que me iba definiendo y que sin duda me ha definido hasta el presente. Claro, no creo que mi formación cultural solo se deba a la literatura, como ya hemos conversado antes, nuestra generación y muy personalmente me siento permeado por el cine, la televisión, las series, los videojuegos, el arte experimental, la música y para mí todo eso forma parte de mi formación como creador. En mi no fue el caso de la formación universitaria, que realmente vino años después.

Cónchale, sabes esto último del autodescubrimiento, es algo muy presente en Hay un ruido que se escurre por debajo de las puertas. La cavilación, la imágenes de luz, el silencio y la soledad que se traman constantemente al menos en tus tres primeros libros al dar incluso una sensación filosófica ¿Qué factores fueren determinantes en ese proceso? ¿Era la casa un avatar para la soledad? Tienes un poema dedicado a Rafael José Álvarez, qué artistas o arte fue determinante para nutrirte en esa época.


Creo que la casa fue un elemento fundante como símbolo pero también como premisa existencial. Cuando construía ese libro tenía por compañía un fajo de poemas de Enriqueta Arvelo Larriva que había impreso de Internet y la Antología poética de Rafael José Álvarez prologada por César Seco. Creo que en el fondo, toda mi obra poética, lo que busca una y otra vez es reconstruir esa primera experiencia, la de la casa, la de esa extensión del útero materno al decir de Bachelard. En los libros que componen Mudable no hay más que eso, una reescritura del primer libro. La casa del ser, la casa del pensamiento, la casa existencial, la casa del silencio, la casa del futuro derruido, la casa del Caribe o la casa del lenguaje. Creo que no he hecho más que reescribir una y otra vez el mismo poema, pero claro, esa no era mi intención inicial sino que fue en el proceso de compilación cuando me di cuenta. Es por ello que creo que tal vez no publique más poesía después de este libro. Todo está dicho, el resto es desmesura. A lo mejor intente la poesía por otras vías, en espacios tan necesarios en donde se necesita tanto su presencia como de hecho es en la narrativa o el ensayo. Por otro lado ¿por qué definirse por los géneros? Esa es una pregunta o problemática para otra ocasión.

En mi percepción el cambio no solo se limitó al cómo se presentaba la casa, sino que la forma y la propuesta cambia. En Ese instante turbio hay las primera exploración quizás tímida pero más adelante se hace más persistente en Paciencia y barajar, agregas elementos como las cartas, la presencia de Dios asociado a la naranja, la soledad continua, pero llena de luz, mientras los primeros libros parecían transcurrir bajo la sombras de la casa, estos parecen salir al jardín y llenarse de luz y fuego, al punto que pensé que podría calificarlos de un gentil y divino amarillo ¿Eso está muy lejos de la verdad?


En efecto. Tienes razón. Tras Ese instante turbio, que lo escribí bastante afectado por el terremoto de Haití, había quedado como programado ¿sabes? En una búsqueda o caza de imágenes del desgarramiento y creo que me había limitado, la vida, la casa no es solo oscuridad como bien planteas, sino también luz. Nunca olvidaré a una pareja en un recital en Maracay que se acercó a decirme que yo había escrito ese libro para ellos. Un verso que leí dice “unos nacen con la vocación de ser ausentes”. Ellos acababan de perder un hijo y me lo confesaron. Eso para mi fue desolador. Quise ir hacia otros lugares. En Paciencia y barajar está esa búsqueda de poesía luminosa. No sé si llegué a lograrlo pero ahí se concretan esos tropos, la naranja, Dios, el árbol, el naipe, que en mi poesía es lo mismo con distintos rostros, ese asunto de la experiencia de lo redondo que dice Bachelard. Las cartas eran un poco el símbolo o los símbolos vivientes, en ese juego, ese psiqueo constante imagen y acción en la imagen. La imagen dialéctica al decir de Benjamin. Para mí todo libro es como un mazo de cartas, un viaje por distintos arquetipos o formas en las que se expresa la existencia y la experiencia humana.

Esa respuesta me hace pensar bastante en el I Ching. Lo que viene después de Paciencia y barajar es un ruptura de las normas, o al menos eso me pareció, una búsqueda por separarte de la certeza que habías creado. Ciertamente todo esta cohesionado por la casa, y sin embargo ¿Por qué esa búsqueda casi escéptica? ¿Estabas inconforme con lo hecho o era más bien un axioma para ir un poco más allá? ¿Eso vino por influencia de un autor o anhelo de jugar y problematizar?

El I Ching es una maravilla, el libro infinito de infinitas interpretaciones, un buen tratado de la imagen. De hecho mi poesía está cargada de esa impronta oracular, de ese experimento del sentido. Me parece una gran intuición de tu parte porque ese libro tuvo un título tentativo que era Libromancia del I Ching. Lo descarté porque me pareció demasiado solemne, al final terminó con esa sentencia de Durandarte en El Quijote. Con respecto a tu pregunta, todo eso fue muy intencional. Es decir, si bien conceptualmente toda mi obra poética persigue ciertas presencias a nivel de forma no. Una vez leí, creo que de Jaime Jaramillo escobar, que no valía la pena repetirse. A mí me gusta mucho el arte visual y aprendí de dicho campo que para “encontrar tu lugar” tenías que repetirte. A mí eso no me gustó pero me ayudó a leer poesía y otras formas literarias y pude encontrar esas recurrencias. Es decir, pareciera que en el arte contemporáneo en general, para poder tener tu lugar tienes que repetir una y otra vez lo mismo. Yo respeto eso pero no es mi interés. Y bueno, sí se trata de escepticismo, de juego y problematización. Creo que por eso lo que te decía, es decir, la poesía no es para todo el mundo. Tarde me di cuenta que la poesía se parece más a la mística y yo lo menos que soy es eso. Es decir, para dedicarte por entero a la poesía requieres un nivel de humildad, de mirada y escucha atenta que creo no tengo. Por eso hasta ahí, ese Miguel Antonio interesado en los asombros y en la fugacidad murió en algún momento. De mí queda ahora un amasijo de incertidumbre, un tipo lleno de impulsividad, de imprudencia y hasta frivolidad que solo puede ser comunicada en géneros más propios como es el caso del ensayo y la narrativa. ¿Inconforme? Pues siempre, es un estado constante que creo todos compartimos, es tal vez lo más humano.

Apuntas esto, pero la verdad uno debe medir un árbol por sus frutos. A mediados del año pasado dictaste un taller, yo mismo fui/soy parte de él pude darme cuenta de esas normas que te habías hecho durante esa década desde Hay un ruido que se escurre por debajo de las puertas y que todo el año estuvo dando resultados, a mí y a quienes participamos de ese taller. Lo que quiero decir con esto, es más bien que aunque no fuese mística tu poesía es profunda, pero me inquieta ¿No piensas escribir más allá de este libro de poesía o es más bien un esperar a ver que surge?


Claro, no es un estado de negación a ver resultados o ignorarlos. Creo que es muy difícil medir eso, es decir, eso le queda a otros, no a mí y te agradezco la mención. Cuando te digo eso no quiero decir que esté renunciando a ser poeta. Si de algo está contaminado este tiempo es en la poca diferenciación entre declaraciones performáticas y literales. Cada cosa que hago tiene esa necesidad poética, es decir, más imagen que lenguaje pero expresado en la hibridación de los géneros. Huirle a las etiquetas. Por eso te digo, si me considero algo además de escritor es esencialmente poeta pero una cosa es publicar libros de poesía y otra es ser poeta, son cosas muy distintas. Uno es muchos que le habitan con sus contradicciones. También soy sociólogo y estudio filosofía y literatura, por lo que mi obra no escapa de esos influjos. Siguiendo con la otra idea, creo que hemos relacionado escribir con publicar y creo que no es necesariamente lo mismo. Son experiencias distintas y las motivaciones para hacerlo tan diferentes como la cantidad de personas que lo hacen. Por otro lado, a propósito de lo que comentas, me gusta el taller de poesía porque surge un diálogo maravilloso, me gusta compartir mis experiencias, aprender en el diálogo, sin embargo, creo que cada quien va aprendiendo en su propia búsqueda y generando sus propios métodos y procesos. Para mí es una alegría que tantas personas que hayan participado en el taller hayan sido reconocidos con premios y publicaciones, que eso también se convierte en una responsabilidad mayor par todos como colectivo o grupo de estudio. También me gusta compartir aquellas cosas que aprendí por mi cuenta, que nadie me enseñó sino que más bien la experiencia me ha dado y no son cosas tan del plano creativo sino más bien desde el plano de lector, de editor, de curador. Todo escritor que se precie debe aprender a editar a curar su propia obra, porque una cosa es escribir y leer y otra es cómo ordenamos lo que escribimos y leemos, cómo lo curamos y presentamos, eso es muy importante a la hora de pasar de los poemas sueltos al libro y creo que eso es más lo que se aprende en los talleres, además de leer, por supuesto. Por otro lado, esa profundidad de la que hablas dice más de ti como lector que de mi como escritor. Una vez leí una frase de Emily Dickinson que decía algo así como “la publicación es algo que no concierne al poeta” y desde entonces me acompaña. Escribir y publicar son cosas distintas y creo que debí comenzar lo que te planteo por allí. La poesía siempre está, creo que todos de alguna forma la practicamos. En cuadernos, en libros, en el bloc de notas del celular, en la mente. Pero sobre todo la poesía es un estado, como dice Morin, uno al que accedemos todos seamos o no poetas y que es además, el estado ideal para vivir, en palabras de Fritjop Capra, la complejidad de la trama de la vida. De surgir poesía siempre surge algo, una imagen, una revelación, un arrebato, pero también se vale dejarlo para uno. En este tiempo de la excesiva exposición es importante saber cuando callar. Saber cuándo no hacer ruido. En el fondo ¿para qué más libros si cada lector es único y cada libro será único en la medida en que tenga un nuevo lector, esos, tan geniales que son capaces de encontrar profundidad en donde el escritor no lo ve? Por eso te decía, a lo mejor y no hay libros separados o nuevos sino siempre estamos rehaciendo una y otra vez el primero y no libro sino el mismo poema, el mismo verso, la misma palabra repitiéndola como en un trance palatal. En ese sentido son muy pocas las certezas que tengo.

Algo como Hojas de hierba, por eso de que en cada edición se expandía. Lo cual es muy propio de ti. Bueno, para concretar. El año pasado fue el año de Mudable, de tus pájaros con LP5 y del premio Mariano Picón Salas ¿Cómo te sientes con lo que viene en términos de la creación intelectual y cultural? ¿Que significa el 2021?


Esa es una muy buena idea. Salvando las distancias, la de Whitman debiera ser la tarea de todo poeta. Escribir, reescribir y engordar la misma obra en la búsqueda constante e imposible de la perfección pero búsqueda al fin. Me has dado una buena idea para el futuro, Mudable volviendo con nuevos libros o fagocitaciones de los anteriores, como dice Yanuva León de mi obra, de hecho el nombre le va ¿no? “mudable”, algo que va rehaciéndose por nuestra propia naturaleza en constante cambio y transitoriedad. 2020 fue un tiempo extraño porque fue terrible pero al tiempo se concretaron proyectos a los que había dedicado un poco más de los últimos diez años de mi vida. 2021 es un año que pinta como una extensión del anterior desde el punto de vista económico y social por lo que espero transitarlo sin muchas expectativas, eso sí, con mucho trabajo para distraerme. Mi esposa y yo extrañamos mucho a nuestra familia, a nuestros amigos, compartir con ellos, ir de librerías, por un café, caminar sin rumbo, viajar, bueno, como todo el mundo ¿no? Así que ocupamos bastante nuestro tiempo con las tareas creativas y domésticas. Este año espero continuar con un par de trabajos, al tiempo en que me dedico a las tareas académicas entre la sociología, la filosofía y la literatura. En diciembre terminé una novela y ya ando comenzando una nueva y también armo un proyecto de ensayos que ojalá me mantengan ocupado estos meses indeterminados de encierro que todavía quedan. Y por supuesto, espero que todos podamos transitar sin mayores complejidades los días por porvenir para volver a compartir la palabra, la lectura, los libros y sobre todo nuestras experiencias en los espacios habituales. 




Miguel Antonio Guevara
(Barinas, Venezuela, 1986). Escritor. Sociólogo, maestrando en filosofía. Publicado y premiado en narrativa, ensayo, poesía y periodismo en Colombia, Venezuela y Suiza. Su “nouvelle” Mahmud Darwish anda en metro (El Taller Blanco Ediciones, 2019) recibió el
 VI Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo». Los pájaros prisioneros solo comen alpiste (LP5 Editora, 2020) es su novela más reciente. Escribe mes a mes su columna de crítica Postales distópicas en el portal MenteKupa y es autor del blog Cuaderno Hipertextual. Posee un volumen compilatorio de su poesía titulado Mudable, Antología transitoria 2009-2019 (Ediciones Madriguera 2020). 



Joan Manuel García
 (Coro, 1990) Ingeniero químico, ganador del premio para autores inéditos de Monte Avila Editores “Las Formas del Fuego” (2020), segundo lugar en el premio de poesía joven Hugo Fernández Oviol (2019), coeditor en la revista Madriguera, aparece en la antología “Antropología del Fuego” editada por Ediciones Palimdromus, así como en los números IV, VIII y el libro para su edición especial de la revista literaria Awen, fundador del grupo de literatura tolstiano. Hacedor de bollos pelones, crema de berenjena y tequeños con queso de cabra.  

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