Un cuento de Julián Márquez

Registro de huéspedes

Un cuento de Julián Márquez

Por Julián Márquez


A causa de un hábito inveterado poseo la singular facultad de percibir señales de posibles circunstancias, imprevistas para otros, sobre todo las acontecidas en este reducto impersonal donde, desde hace tiempo, hago vida de pensionista. Privilegiado con esa cualidad metafísica puedo enterarme, aun desinteresado, de todo cuanto sucede en cualquiera de los espacios interiores –alguna vez señoriales– de esta mohosa casona de adobes resquebrajados, soportes de la techumbre de tejas podridas y quejumbrosas, cubierta con una costra de bermellón desvaído. Ningún obstáculo hace imposible perderme las novedades de esta atmósfera vetusta, aun si estuviera de viaje por la fría región del Polo Sur. En caso de estar en la calle, en cuanto regreso, proveído de tan especial intuición, enseguida tengo la certeza de haberse producido durante ni ausencia un nuevo evento. Cuando ocurre algo significativo, el reducto manifiesta largo rato la particular manía de llenarse de latencias ineludibles, sin previo aviso la curiosa armazón crispa su cuerpo achacoso hasta alcanzar las cumbres carcomidas del techo. En ese instante el largo zaguán, desde sus paredes despintadas hasta las vigas de madera apolillada, comienza a crepitar; el ensanchamiento de las proporciones adquiere límites inconmensurables, destinados a absorber toda mi atención. En sí mismo, los objetos manifiestan un estado de actividad febril, pierden su condición inanimada, actúan cargados de vida propia, como poseídos de algún efecto extrasensorial, impulsados a comunicarse conmigo.    
Precisamente, en este rato tendido en el colchón, con un libro pasado de moda de Uri Geller entre las manos, el sonido del perno del antiguo reloj de pared, colocado encima de la alacena de los libros, me pone sobre aviso de las andanzas del viejo  Eligio, un destejido de carnes magras, candidato a derrumbarse fulminado en cualquier momento, víctima de un infarto despiadado, desgasta penosamente sus escasas energías en subir los escalones, sigiloso hacia la parte alta de la pensión, camino al cuarto de Adelaida, la hija única de siria regente de la pensión. Halla a la vampiresa tendida en la cama, un ventilador airea su piel aceitunada, a la espera del cliente. El viejo ha abierto la puerta, el cuerpo encogido lo mantiene detenido frente a la cama, sus ojos mortecinos despiden una expresión bobalicona hacia su objeto de deseo, temblando como un pájaro bajo la amenaza de un águila, mientras la pierna depilada de la mujer se adelanta hacia él; diestros en la coquetería los dedos del pie estrujan un rato el área de la bragueta del pantalón, mientras la mujer se lleva un dátil seco a la boca. Una vez conforme, el viejo abandona el juego; antes de aplacarse la humilde erección deja algunos billetes sobre la mesa de noche, calladamente saturado de un placer magnánimo escapa torpe de la habitación.
Ahora pasemos revista al capitán Albornoz. Este hombrecito, extrañamente apacible, seco como una ciruela pasa, podemos definirlo como un despojo de algún tiempo abundancia, sin usufructo de ninguna clase en el presente. La distinción de capitán es, sin duda, un autonombramiento, destinado a conseguir respeto y autoridad. A diferencia del viejo Eligio no se le conoce ningún tipo de desviación, si acaso podría señalarse la manía de hablar demasiado en el círculo de huéspedes de sus numerosos viajes alrededor del mundo, instalado en las grandes mesas de juegos en lujosos casinos europeos, rodeados de hermosas mujeres. También en algunas ocasiones llega a manifestar ciertos rasgos de inocente locura, entonces comienza a referir la grandeza de Napoleón en el campo de batalla hasta el cansancio. En otro momento podría vérsele en ropa interior, paseándose de un extremo a otro en la puerta de su reducto, abanicando el aire con un pedazo de cartón, sin importarle si hace frío o calor. En este momento se encuentra sentado a la mesa entregado a la lectura de uno de esos libros baratos, mal diagramado, cuyos pliegos encajados en una portada chillona, cobijan la promesa de contener todos los conocimientos acerca del universo.  A veces entre líneas atrapa grandes parrafadas, enseguida las suelta, conteniendo la respiración, sin llegar a equivocarse un solo momento. El placer de ese ejercicio mnemotécnico le satisface, mientras pueda no  dejará de deslizarlo a su gusto en el aire. 
El capitán se llena la boca con un puñado de pastillas mentoladas, después de sentir la garganta fresca considera suficiente la lectura,  abandona la mesa y se dirige a la pequeña biblioteca de que dispone, herencia de un antiguo ocupante de la habitación ya fallecido.  El libro, La nueva Heloisa, de J J. Rosseau, regresa a su puesto al lado de una edición desportillada de Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam, poco consultado últimamente. El acoso del calor no lo deja en paz, las ráfagas calientes lo obligan a meterse en un short y salir en busca de un poco de fresco. El patio a esta hora se encuentra vacío, el capitán se mueve deprisa inhalando el aire, tratando de no ser descubierto yendo hacia el jardín de la siria, su propósito es meterse entre los  helechos abundantes en el variado cultivo de plantas, dispuesto a tenderse en la tierra húmeda. Una vez instalado vertical en el suelo, tanto el fresco olor a humus como el limpio aroma de las flores tienen el efecto de hacerle cerrar los ojos. Un largo cansancio abandona el rostro, hasta transformarse sobre los labios en una inocente sonrisa luminosa. El continuo temblor de los párpados sugiere el tránsito hacia una región remota, transparente, animada en el rescate de algún juego demasiado lejano, instalado en la playa de una isla flotante. Siente el vaho dulcificado de los aromas dentro de su cuerpo, sumergido en el remanso de un rescoldo inocuo, de suaves cosquilleos. Los sonidos metálicos de numerosas campanas toman posesión del jardín ahora poblado de alegres rondas de pájaros y coloridas mariposas mientras es capitán continúa descendiendo hacia el lugar más denso de la vegetación donde oculta decenas de soldados de plomo, a la espera del paso del ejército enemigo, destinado a ser derrotado mediante la aplicación tajante de una táctica guerrera napoleónica. 
Contento de haber obtenido una rápida victoria, el cuerpo del capitán comienza a distenderse, abre los ojos apresurado, estremecido por el temor de que la siria vaya a encontrarlo todavía acostado en el jardín cuando ella se acerque a regar las matas. A veces, en un ejercicio de perversidad, me imagino el susto mayúsculo de la mujer cuando un día de estos lo descubra muerto entre las plantas, bañado de rocío. 
Atraído hacia la imagen de una especie silueta de mujer, dibujada en pared, caigo en la red de las vivencias secretas del viejo Eligio, las suyas quizá pertenecen a un registro de actos impúdicos, primero abocado a la práctica onanista, siguiendo el sexo infantil realizado a los siete años con niñas de su misma edad, a corto tiempo de descubrir la experiencia zoofílica: cuando encontraba una vaca o una burra solitaria en algún pastizal, no hacia ninguna discriminación, hasta alcanzar la edad de abrirse paso impertérrito hacia los burdeles, cuando su oficio de calibrador de máquinas le aportaba generosos salarios. Aficionado a las prácticas licenciosas y los placeres de la mesa, gastó dinero a manos llenas en los placenteros brazos  de hermosas mujeres, sin distingo de raza. Una noche, cuando celebraba su onomástico treintaisiete, entre la festiva penumbra de un cabaret conoció a la esplendorosa Gianna, recién desempacada de Italia, ungida por el plasma de una juventud ubérrima. Al momento de él hacer su aparición a bella italiana la estaban subastando en una cesta de monedas. A los pocos minutos de Eligio incorporarse a la puja, ella pareció deseosa de tocarle en suerte al joven libertino, diestros en el juego de las miradas cómplices ambos comprendieron sus mutuas intenciones. En el momento más tirante de la subasta, contra todos los cálculos de los oponentes, ninguno pudo superar la última oferta. De esta guisa la hermosa napolitana se convirtió en la mujer de Eligio Salcedo. Los días de dicha no fueron perdurables, al cabo de cierto tiempo un cáncer de mama extinguió la existencia de la hermosa Gianna, a partir de ese percance él perdió las ganas de vivir. Un frenesí de escandalosas embriagueces, algunas teñidas de riñas, terminó sumergiéndolo pronto en el alcoholismo, decepcionado de haber nacido, apartado de las mujeres y despotricando de las amistades ingratas, ansioso de suicidarse, envejecido prematuramente. Sin embargo, tuvo la suficiente entereza de sobreponerse, aunque fuera a medias y comenzó a depender de trabajos ocasionales, en extremo precarios, ahora mal pagado, disponiendo nada más del dinero justo para agenciarse una comida en restaurantes ruinosos, saturados de pesados olores de malos guisos, aparte de hacerse huésped de pensiones baratas… Así vino un día el viejo Eligio a integrarse, desde hace varios años, a esta insalubre pensión, siempre envuelta en un sempiterno vaho de creolina procedente de los albañales, esta podredumbre donde hasta el momento resido, junto a estos pensionados, víctima también de la mala fortuna de depender de un escaso salario.  
En una similitud de circunstancia, tanto al capitán Albornoz como al viejo Eligio no se les conoce familia explícitamente, aunque algunas veces vienen a visitarlos unas personas difusas, estos, en sábado o domingo, hacen suyo  el patio o aparecen en el comedor, según convenga a los dos huéspedes más antiguos de la pensión. A veces domina la presencia de los hijos, a la ingeniera industrial del viejo Eligio le sienta bien los aires dominicales. Suele verla entrar trajeada elegantemente, acompañada de dos niños, una hembra y un varón, rollizos, bien alimentados, siempre dispuestos a arrojarse alegres en los brazos del abuelo, provistos de algún obsequió, generalmente una caja de galletas María, las preferidas del viejo. Después los nietos se apoderan del patio, correteando de un lado a otro, sin atender las llamadas de la madre, mientras el viejo le aconseja dejar hacer a los niños, deseoso de unirse a las travesuras de los pequeños. A la siria le encanta la niña, nunca deja de ofrecerle alguna golosina, apenas la ve entrar aviva los recuerdo de su hija, la imagina teniéndola sentada en su regazo haciéndoles guedejas, como acostumbraba a peinarla cuando su hija era pequeña. 
El hijo del capitán acostumbra a realizar visitas sabatinas, tendrá unos cuarenta años, físicamente bien modelado, piloto de una compañía aérea. La aparición de Andrés ocurre generalmente cuando el capitán tiene el ánimo inclinado a compartir con el resto de los pensionistas al final del almuerzo. Se abrazan efusivos, durante un rato recorren el patio hablando animados de asuntos familiares, a veces estallan en risas, después el piloto le entrega un sobre abultado a su padre y se marcha complacido de haberlo visitado una vez más.  
Una tarde encontré al capitán en la calle, él estaba detenido frente a un almacén de artefactos eléctricos, absorto en las escenas de los televisores encendidos. Apenas descubrió mi presencia se animó a reanudar la marcha, mientras avanzábamos no dejó un solo rato de relatarme intimidades de su vida, de pronto me asió de un brazo, alargó unos dedos nicotínicos hacia una alta torre de oficinas y soltó apresurado con una voz de muñeco de ventrílocuo: mire, mire, ahí trabaja mi hijo Andrés. En ese instante la vehemencia emotiva de sus palabras, deshicieron cualquier ápice de duda sobre la existencia del piloto aéreo.  
Según mi parecer, la siria es el personaje más activo de la pensión. Tan pronto la claridad lechosa del amanecer atraviesa las numerosas hendijas de la pensión, desprendiendo las sombras de las paredes, expulsando abajo las tinieblas del patio, la figura de Layla comienza moverse enérgica, los arabescos del embaldosado reciben resignados las recias pisadas de sus pasos, cuyos chasquidos atraviesan en ordinarios glisandos todos los intersticios del caserón deshaciendo las legañas de los ojos. Después tiene lugar el desfile de los huéspedes mañaneros, aparecen casi en grupos o destilados poco a poco, todavía irrigados de sueño, los rostros abotagados y sucios, marcan el camino hacia el retrete colectivo de la pensión. Desde la amplia puerta de la cocina, donde prepara la primera colada de café, la siria permanece atenta al movimiento externo, mira los espectros desfilar silenciosos, todavía adormilados, detrás de la mirada desprovista de conmiseración sus ojos detectan cual de los pensionistas tiene atrasado el pago del alquiler. Es dueña de una memoria envidiable, sabe qué día le corresponde cancelar a cada uno de los  huéspedes. Cuando toma la determinación de expulsar a alguien de la pensión su rostro adquiere una expresión displicente y avinagrada, la cual no desaparece hasta ella haber conseguido su objetivo.
Viéndolo bien, Layla no encuadra en la categoría de una persona feliz, la vida díscola de su única hija resulta para ella una verdadera calamidad. En sus días más aciagos, cuando Adelaida desparece semanas de la pensión, su madre permanece encerradas horas en su cuarto, desde afuera se perciben los fuertes gimoteos de un llanto continuo, cargados de pesadumbre. Es entonces cuando salen a relucir todas las amarguras secretas, nunca expuestas en público, debidas al comportamiento de su inestable hija. Las consideraciones retenidas largo tiempo en las larguezas interiores estallan de repente, el tubo de desahogo permite darle paso a los improperios, volcados inmisericordes contra la alocada instructora de danza árabe. Después la sufriente se aplacaba al entregarse a la lectura obligada del santo Corán, antes del sueño empujarla hacia la cama. 
Imposible referirse a Adelaida sin resaltar en primer término su belleza, a pesar de acercarse a los cuarenta años, es todavía una mujer apetecible, capaz de enloquecer a cualquier hombre de carácter débil. El verde aceitunados de su piel, sus resplandecientes ojos negros, equilibrados con la posición de los senos firmes hasta la curva rítmica de la cintura surten un efecto instantáneo en las miradas ajenas. Las piernas, un labrado de manos detallistas, continúan siendo tersas, sin siquiera mostrar un vislumbre varicoso. A pesar de sus tres matrimonios fracasados nunca tuvo hijos. Durante algún tiempo formó parte de una troupe circense, entregada a montar espectáculos en las regiones provinciales del país. La actuación de Adelaida, ataviada con un corto vestido de lentejuelas, consistía en realizar impecables cabriolas en la pista, sobre un caballo blanco. Una día cualquiera abandonó el circo y se instaló en la pensión a aprovechar las ganancias de su madre. A la cercanía de la caída de la tarde marcha a la calle vestida elegantemente, anegada de perfume,  el rostro envuelto en una capa exagerada de colores faciales, armada de una cartera brillante, ceñida en una breve minifalda, levantada en altos tacones. No tiene la costumbre de volver temprano, su regreso tiene lugar a altas horas de la noche, algunas veces al amanecer, siempre montada en un costoso auto, ebria, entonando alguna canción vaga.   
Como era de suponer en algún instante, mi capacidad extrasensorial despierta temprano alerta: la siria amaneció fraguando su próximo plan de expulsión contra mi, los tres meses de atraso de alquiler me convienen esta mañana en el blanco de su expresión avinagrada e intransigente. La orden de expulsión puede aplicarla de un momento a otro; en razón de esta circunstancia tengo decidido esta noche escapar de la pensión sigilosamente, cuando todo el mundo esté durmiendo. Eso sí, apenas me instale en el otro hospedaje, continuaré allí mi registro de huéspedes; los nuevos personajes serán pocos distintos a estos, que estoy obligado a abandonar de madrugada, apenas si habré de cambiar los nombres…




Julián Márquez
(Caripito, estado Monagas, 1944) Escritor venezolano, novelista, cuentista, ensayista, editor y profesor de creación literaria, formó parte del grupo literario Hojas de Calicanto, coordinado por Antonia Palacios; y fue Becario del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos donde cursó estudios de creación literaria con el célebre escritor venezolano Denzil Romero. Ha sido jurado de importantes premios nacionales de narrativa junto a figuras como Carlos Noguera, Gabriel Jiménez Emán, José Roberto Duque, Carlos Brito, Gabriel Saldivia, Sael Ibañez, Luis Laya, Atanasio Alegre y María Alejandra Rojas. La revista Ateneo, en su edición número 26 año 2006, dedicó el Dossier a su obra. Ha publicado: Los círculos solares (editorial poiesis, 1988), Simulacro de Helena (Fondo Editorial Ambrosía, 2000), Sinfonía de Caracoles (Ediciones Imaginaria, 2005), Laberinto de Sombras (Fondo Editorial El Perro y la Rana, 2009) y La rotación del Zodíaco (Fondo Editorial Ambrosía, 2009), entre otros. Profesor del Taller de Narrativa de La Casa Nacional de las Letras Andrés Bello desde el año 2008 hasta la fecha. Actualmente dicta el Taller de Cuentos y Minicuentos impartido por el Centro Nacional del Libro (CENAL).


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