Gabriela Franchi nos ofrece un acercamiento al libro ganador del Premio Stefanía Mosca desde la mirada del lector.

Siete brevísimas notas sobre La violenta maquinaria del olvido, de Raday Ojeda

Gabriela Franchi nos ofrece un acercamiento al libro ganador del Premio Stefanía Mosca desde la mirada del lector.


Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que solo la escritura te salvará.
Margueritte DURAS

Por Gabriela Franchi

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Creo que no hay mejor forma de conocer a alguien que leyendo lo que escribe. Y a Raday Ojeda lo conozco desde hace unos cuantos años. Por eso, estaba segura que en su libro «La violenta maquinaria del olvido» (Fundarte: 2022, 265) me reencontraría con él y sus ideas, es decir, con su especial manera de mirar al mundo: palabras sabias, poesía fresca de sabana y amor filial.

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Sin embargo, me sorprendió gratamente encontrarme con mucho más… con el alma de un poeta que se entrega al lector de una manera tan intima, dejando expuestas sus pasiones más intensas. Y así, desnudo con sus cicatrices, escribe: “Déjame ir hacia los arroyos de Ítaca sin taparme el sexo// (…) no permitas que se escriba en mi cuerpo, otra cicatriz” (p. 222).

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Hago de su poemática un inventario: cicatrices, miedos, desmesura, amor, desamor y olvido. Mujeres sin nombres lo habitan en la carnadura del texto. De la mujer que sueña, invocándola como una: “(…) mujer amapola, mujer duende, mujer colibrí” (p. 221). Amantes que han clavado estacas en su corazón y a las cuales pregunta: “¿Cuánto frío se cuela por las rajaduras que acaricias?” (p. 264).

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No obstante, hay una mujer cuyo nombre ruge en su palabra y en cada parte de su ser: ¡María Eugenia!, a quien el poeta nombra con una sensibilidad que traspasa el papel y te hace sentir por ella ternura. Sentimiento este que se desborda cuando el autor escribe: “(…) como si de su vientre/ nacieran todos los aguaceros,/ como si de remordimiento/ estuviera aún ebrio muriéndose mi padre” (p. 26).

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A propósito de este libro su propio autor ha dicho: 
“Créeme que desde ayer tarde que recibí tu mensaje, esas líneas las llevo conmigo a modo (casi) de un mantra. Agradecido infinitamente por tu lectura. Por el tiempo apartado que hiciste para adentrarte a esos engranajes. Y tienes razón, coincido con la paradoja que en su entero desconcierto detectas. Porque sí, hay un hilar de múltiples tensiones a lo interno de todo el libro como un ecosistema de sentidos: fractal, mosaico, bricolaje. Un ojo de Dios, así me gusta asumirlo; metáfora que también podría equivaler al Aleph borgeano, a los raros artefactos de Melquíades (el gitano de 100 años de soledad), o al mezcal “Los suicidas” de Los detectives salvajes, mediante el cual los personajes al beberlo alcanzan una memoria total. Algo así, se me ocurre, fue en todo caso el gesto que pretendí en este libro, insisto: su estructura y disposición textual son una monstruosa anatomía. El montaje, tal cual como el cine, es en este poemario lo único que sostiene su anárquico pastiche hasta que logra estabilizarlo y superar sus irregulares anclajes. Un canto poético que es una forma pura, así como lo reclamaba Saer, refiriéndose a la narrativa”.

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Esta fuerza en la poesía de Raday Ojeda viene de vivencias que aún arden en su piel. La pérdida del padre, de los muros que se suponen tenían que sostener la familia perfecta que nos venden desde niños como el ideal para ser felices. Me atrevería, entonces, a tomar como certeza aquella mutilés de sus sentimientos: “Nunca imaginé/ que la morada del olvido/ costara un ojo,/ un miembro del cuerpo/ disecado / bellamente mutilado” (p. 259).

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Belleza y dolor predominan en su poesía. Concuerdo con eso dicho por Bukowski: “Se requiere de mucha desesperación, insatisfacción y desilusión para escribir unos cuantos buenos poemas”. Raday lo ha logrado con este nuevo libro que mereciera el 12° Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca (2021). Hoy brindo por ello, y le deseo al poeta la suerte de vivir y morir como su bisabuelo Macario:
Quien anciano 
-y como si simplemente se durmiera-
a media mañana cerró sus ojos, 
mirando tal vez avanzar sobre el patio
la siempre violenta luz del sol.
(p. 215-216)

La violenta maquinaria del olvido
(Descarga aquí)
Raday Ojeda | Caracas: Fondo Editorial Fundarte, Colección: Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca, Serie: Morada – Poesía, pp. 265.


Gabriela Franchi
(San Fernando, Venezuela, 1986). Es poeta y abogada. En el 2011 apareció su poemario Como hojas en otoño, publicado por la Fundación Editorial el perro y la rana a través del Sistema Nacional de Imprentas – capítulo Apure.

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