La lectura como práctica cultural y nuestra forma de ser

El poeta Benjamín Martínez reflexiona en torno a la lectura y la escritura.

El ámbito específico de la literatura, su material simbólico, viene a ser ese: la existencia concreta.
Armando Rojas Guardia

Por Benjamín Eduardo Martínez Hernández

Fotografías del autor

A veces cuando leo, respiro bocanadas de aire, intentos de escritura dibujándose con la grafía de tiempos que renuevan mi andar, yo sigo esas líneas invisibles, las veo pronunciar el mundo con los gestos que ofrendan antiguas convicciones, cada forma ampara una verdad con una extraordinaria capacidad de ser mutable, o bien de quedarse fija en la diestra de una vida tras otra, van acercándose poco a poco al lugar donde dicen existe el corazón, un poco más abajo de donde solemos ubicarlo, nosotros, los que nos inclinamos para realizar esa devoción que une algo tan parecido a una plegaria que tal vez pueda asustar a cualquier incauto, sobre todo si no está dispuesto a escucharse y comprobar esa manera tan particular que tiene la historia de narrar-nos.
Porque cada instante en que surcan cada página nuestros sentidos se despiertan y con ellos, bien puede ser, la vida entera y es que los libros, como dijo el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, tienen su magia, pero yo, sin contradecirlo, prefiero creer que es, como bien han dicho otros, por ejemplo, Carpentier, yo prefiero creer que se trata de lo real maravilloso, esa extraña manera de volver menos inhóspito el paisaje, sobre todo cuando la ciudad parece que nos alejara de nosotros mismos, tan así que nos cuesta reconocer que esto que suena aquí dentro es parte de eso que leemos allá en los libros-vidas que nos hacen ser lo que somos.
Así, qué mejor manera de comprendernos a nosotros, lecto-escritores, que allí donde la resonancia adquiere su ingravidez porque nada más puede atraparla, precisamente porque leer y su correspondiente acto de escribir es un proceso donde las epifanías se desbordan, es decir, donde -no encuentro palabras más adecuadas- dejamos por un instante toda existencia mundana para volver a ella y muy posiblemente transformarla tanto como a nosotros mismos.
Y es que cuando nos tomamos en serio la tarea de leer, bien sea poesía, narrativa e incluso una obra de teatro o un ensayo, nuestro campo perceptivo cambia, pues supone un despliegue neuronal que es, bien debemos recordarlo, intensamente corporal: no hay palabra, no hay lenguaje ajeno al sentir, ni mucho menos puede existir realidad sin esa particular forma de conceder-nos sentido que implica el acto de nombrar-nos y entrelazar los significados que esto supone, para luego compartirlos como bien lo establece nuestra misma existencia simbólica como dijo el poeta Armando Rojas Guardia cuya frase nos ha servido de epígrafe.
Leer-nos es dotar-nos de sentido, bien lo hemos recordado en una reciente clase donde nuestra querida profesora y colega antropóloga Teresa Ontiveros nos invitó a conversar sobre los aportes de la fenomenología y la hermenéutica en la Antropología de la Experiencia, unidad curricular que imparte en nuestra Escuela de Antropología de la Universidad Central de Venezuela, valiosa experiencia que me ha inspirado a compartir estas breves líneas con las lectoras y lectores de esta importante Revista Madriguera.
Si esto es así, si la lectura nos dota de sentido, entonces, no podemos obviar el potencial de la imaginación tanto literaria” como narrativa” como sociológica y ético-moral. Es decir, cómo re-creamos nuestro mundo a partir de la semántica que ofrece cada pasaje, cada trama de sentido escrito y como luego amplía nuestro propio universo discursivo, y más allá, cómo hace posible resignificar nuestra capacidad analítica en los diversos escenarios donde conducimos nuestras vidas, y cómo desde allí, en la vigencia de lo asumido y reinterpretado, podemos al menos por un instante, mirar-nos en el otro o la otra según sea el caso, y al menos estar dispuesto a “ponernos en sus zapatos”. 
Tal es, digamos, por chocante que pueda parecer esta palabra, “la operatividad” de dichas imaginaciones que entran en comunión si es que realmente estamos leyendo, es decir, desplegando nuestra potencialidad crítica. 
Lo cual, es necesario advertir, no es tan sencillo en tiempos en que “el reino” de la IA ha estado invadiendo el de los afectos que nacen desde el tú a tú humano, uno que volvamos a insistir, posee en la lectura y la escritura una de las más hermosas creaciones culturales, a la que algunas soñadoras y soñadores le seguimos apostando, y que además como bien lo vienen demostrando suficientes estudios de los países “del norte”, no puede ser suplantado por el uso de “pantallas”, las que más allá de sus relativas “bondades” atrofian de diversas maneras, nuestro ser histórico-afectivo, intelectual y corporal por resaltar algunas de las características que realzan integralmente nuestro potencial como humanos.
Por eso y otros aspectos más que excederían el espacio de este escrito, tal vez no exista mayor entrega de quien escribe, pero sobre todo de quien está dispuesto a leer-se y leernos con atención, por eso seguiremos confiando en el importante lugar que tienen las palabras en nuestra forma de ser. Que así sea.


Benjamín Martínez
(Caracas, 1980) Antropólogo, Licenciado en Psicología, Licenciado en Filosofía, Doctor en Ciencias Sociales, docente y escritor venezolano. Ganador de múltiples premios nacionales, incluyendo la XII edición del Concurso para Obras de Autores Inéditos (2014), la V Bienal Nacional de Literatura Rafael Zárraga mención novela corta (2021), la VI Bienal Nacional de Literatura Gustavo Pereira mención poesía (2021) y el Premio Nacional de Literatura Solar mención poesía (2023). Desde el año 2023 se desempeña como redactor de la revista EpaleCCS y como docente de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla. Algunos de sus poemas pueden leerse en Letralia, Ciudad de la Hoz, Revista Solar y Círculo de Poesía. Entre sus obras destacan Detrás de los cristales (2021), La octava hora (2021) publicadas por Monte Ávila Editores; Sin domar nada (2024) y Paso la página (La Chifurnia, Honduras, 2025).

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